Matthew Ammel, exguardaespaldas y exnovio de Kyrsten Sinema, habría provocado destrozos en la casa de la exsenadora en Cave Creek, Arizona, después de exigirle que publicara un video en X, según documentos judiciales citados por Fox 10 Phoenix.
De acuerdo con esos documentos, Ammel amenazó con dañar una pintura cada 10 minutos hasta que ella obedeciera. Sinema no lo hizo y, según la versión recogida en la causa, Ammel lanzó unas 22 pinturas a la piscina. Sinema dijo a las autoridades que también rompió botellas de licor y esparció vidrio roto por la casa y la piscina.
El daño fue estimado en más de 200.000 dólares. Ammel fue arrestado la semana pasada por un cargo de daño criminal agravado al salir de un centro de salud mental. El supuesto ataque ocurrió el 30 de agosto, mientras Sinema estaba fuera de su casa.
El episodio llega en medio de otra pelea legal ligada a su vida privada. Heather Ammel, exesposa de Ammel, alega que tuvo «un matrimonio bueno y amoroso» antes de que Sinema interfiriera y demandó a la exsenadora por «alienación de afecto». Un juez federal rechazó este mes el argumento de Sinema sobre la jurisdicción y permitió que el caso siga adelante.
La demanda también sostiene que Sinema invitó a Ammel a un concierto de Taylor Swift, le compró regalos y pagó un tratamiento psicodélico. Además, el grupo de vigilancia Foundation for Accountability and Civic Trust, con sede en Washington, presentó en marzo una queja formal por casi 2 millones de dólares en gastos de campaña después de que Sinema dejara el cargo.
Esa queja cuestiona pagos al personal, incluidos gastos vinculados a Ammel, y señala cerca de 9.000 dólares en resorts de Beverly Hills, Montauk, la zona de esquí de Wyoming y el Gran Cañón. Cuando Sinema dejó el Senado el 3 de enero de 2025, su cuenta de campaña tenía 4,2 millones de dólares; para cuando presentó su informe de cierre, ya no quedaba dinero.
Sinema había hecho campaña sobre su origen humilde y repetía que vivió en una estación de servicio abandonada sin agua ni electricidad. Pero entre 2021 y 2023, su campaña gastó casi 10.000 dólares en restaurantes de alta gama y casi 20.000 en gastos relacionados con vino, además de más de 4.000 dólares en un servicio de auto de lujo en Nueva York por un solo día.
Aquí está el problema de fondo: la exsenadora construyó una marca política de sobriedad y cercanía popular, pero las cifras de su campaña cuentan otra historia. Cuando el discurso moralista choca con el gasto de la burocracia política, el relato se cae solo.
Y el caso con Ammel expone algo más incómodo para la casta: no solo la fragilidad de su entorno personal, sino también la opacidad con la que se manejan recursos que, al final, pertenecen al dinero de los contribuyentes indirectamente movilizado por la maquinaria electoral. Otra vez la doble vara.



