El gobierno llevaba años presumiendo una tasa de propiedad habitacional del 65%. El problema: esa cifra mide hogares, no personas. Un nuevo estudio propone una métrica diferente —llamada HPOP, Homeownership-to-Population— que mide cuántos adultos son dueños de la casa en la que viven. El resultado: apenas el 53%.
La diferencia no es un tecnicismo. Según los investigadores, casi el 14% de los adultos vive en viviendas de propietario sin ser ellos los dueños: hijos adultos, padres mayores, compañeros de cuarto, amigos. El Censo los contaba como parte de un hogar «propietario». La realidad es que son inquilinos de facto en casa de otro.
Los números de fondo explican por qué. En junio, el precio medio de una vivienda existente alcanzó un récord de 440,600 dólares, un alza del 49.2% respecto a junio de 2020. Al mismo tiempo, la Reserva Federal subió las tasas desde casi cero hasta más del 5.25%, y la hipoteca fija a 30 años pasó de aproximadamente 3.11% en 2020 a cerca de 6.55%. Resultado: la edad media del comprador primerizo saltó de 33 años en 2021 a 40 años en 2025. Y el 62% de la Generación Z declara en encuestas recientes que teme no poder comprar nunca una vivienda.
El economista jefe de la Asociación Nacional de Agentes Inmobiliarios, Lawrence Yun, señala el diagnóstico sin rodeos: «Sin duda, la asequibilidad es un gran desafío, y por eso necesitamos más oferta». Realtor.com estima que Estados Unidos enfrenta un déficit de 4 millones de viviendas.
El Congreso aprobó en julio la Ley 21st Century ROAD to Housing, diseñada para reducir barreras regulatorias a la construcción e incentivar a estados y municipios a reformar las normas de zonificación. El presidente de la Cámara, Mike Johnson, la llamó «transformacional» y prometió que «reducirá regulaciones para que los constructores puedan construir». Los economistas del sector aplaudieron la dirección, pero advirtieron que el alivio no será inmediato: «El desarrollo habitacional toma tiempo», dijo Selma Hepp, economista jefe de Cotality.
Aquí está el nudo del asunto. Décadas de burocracia local —zonificación restrictiva, permisos eternos, regulaciones de uso de suelo— convirtieron la vivienda en un bien escaso por diseño. El Estado infló la demanda con dinero barato y estranguló la oferta con trámites. Ahora millones de jóvenes pagan el precio: no con impuestos directos, sino con el sueño diferido de tener algo propio. Que el gobierno haya tardado tanto en reconocer que su propia métrica embellecía el problema dice todo sobre cómo funciona el aparato estadístico cuando las cifras incomodan.



