No hace falta haber visto «The Social Network» para entender que «The Social Reckoning» nace coja. La reseña la describe como una dramatización de dos horas de un pódcast de Slate, no como una película con vida propia.
El nuevo filme retoma la historia una década después. Zuckerberg, interpretado por Jeremy Strong, dirige un imperio tecnológico y se prepara para declarar ante el Congreso. A su alrededor hay consultores que intentan hacerlo parecer humano. Pero la película apenas se detiene en él. El foco cae sobre Frances Haugen, la denunciante de Facebook, y sobre Jeff Horwitz, reportero del Wall Street Journal.
La cinta, dice la crítica, sigue casi escena por escena los reportajes de Horwitz en 2021. Añade además una declaración de Zuckerberg que, en la vida real, ocurrió meses antes. El eje es conocido: el algoritmo empezó a ponderar más las veces que se comparte una publicación y las reacciones con emoji que los «me gusta». Eso empujó contenido incendiario y lo hizo circular más. Haugen y otros vieron ahí una amenaza para la democracia estadounidense.
También aparecen los tramos más duros sobre Instagram y los niños, en especial las niñas jóvenes. Según los reportajes citados, la empresa conocía efectos dañinos y los ignoró. Entre ellos, acoso, avances sexuales no deseados y, en algunos casos, trata de personas. La película, sin embargo, pasa rápido por eso y dedica más espacio a los disturbios del 6 de enero.
El problema central no es solo político. Es cinematográfico. Sorkin, dice la reseña, funciona mejor cuando se permite pensar en grande. Aquí, en cambio, todo se vuelve técnico, chico, didáctico. No hay grandes ideas ni monólogos memorables. Solo una avalancha de información pensada para llevar al público a una única conclusión.
La comparación con «The Social Network» deja mal parada a la secuela. En la primera, Zuckerberg era un personaje con ambición, resentimiento y hasta cierta humanidad. En la nueva, eso desaparece. Debe ser, en cambio, un titán helado, dispuesto a sacrificar niños y democracia antes que perder usuarios. La película, según la reseña, destruye así a uno de los grandes personajes del cine reciente para convertirlo en un simple accesorio político.
Ahí está la verdadera derrota. Cuando el arte se subordina al panfleto, pierde fuerza, pierde matices y pierde interés. El relato liberal gana un sermón más. El espectador, en cambio, pierde una obra que pudo decir algo más grande sobre poder, ambición y ambigüedad humana. Que no te lo cuenten.



