Leota Walker ordenó un café en el autoservicio de un Starbucks en Wildomar, condado de Riverside. La tapa saltó en cuanto lo tomó. El líquido hirviendo le cayó en el estómago, los muslos internos y la zona genital. Quemaduras de segundo grado. Semanas de hospitalización. Cirugía.
Ahora hay una demanda por negligencia.
Su abogado, Daniel DeSantis, no se anduvo con rodeos. «Starbucks sabe desde hace muchos, muchos años que sirve sus bebidas demasiado calientes», declaró a ABC7. «Estos incidentes siguen ocurriendo una y otra vez, y Starbucks se niega a cambiar sus políticas y procedimientos de seguridad».
La demanda no se limita al caso de Walker. Incluye otros incidentes documentados en línea donde clientes han expresado preocupaciones sobre las tapas de la cadena. Se exige compensación por pérdida de salario, dolor físico y daño emocional.
El precedente está sobre la mesa. Un hombre del condado de Los Ángeles recibió 50 millones de dólares el año pasado por una demanda similar contra la misma empresa. Esa cifra es un dato, no una metáfora.
Que no te lo cuenten.
Aquí hay dos lecturas posibles. La primera, la obvia: una empresa gigante repite el mismo error, acumula demandas y sigue sin mover un dedo en sus protocolos. La segunda, más incómoda para ciertos sectores: el sistema de litigación civil estadounidense funciona exactamente para esto. Sin regulador burocrático que tarde años en actuar, es el tribunal y el bolsillo de la empresa los que corrigen el comportamiento.
El problema no es que Walker demande. El problema es que, según su propio abogado, Starbucks ya sabía. Si eso se prueba, la empresa no es víctima de un sistema litigioso. Es una corporación que calculó que pagar demandas salía más barato que cambiar el proceso. Esa es la hipocresía que merece escrutinio. No la mujer que terminó en el quirófano por un café.



