Dos días antes de estrangular a sus tres hijos, Lindsay Clancy estuvo en un asado con amigos. «Estaba callada, pero bastante normal», declaró en el juicio Sarah Carney, amiga de la familia. Era el 22 de enero de 2023. El 24, Clancy mató a Cora, de 5 años; Dawson, de 3; y Callan, de 8 meses, usando las mismas bandas elásticas de ejercicio con las que los niños jugaban en casa. Después se cortó las muñecas y el cuello y se lanzó desde una ventana del segundo piso. Sobrevivió paralizada de la cintura hacia abajo.
El juicio en Plymouth, Massachusetts, reveló este viernes una cadena de señales que los médicos vieron —y no vieron— en los meses previos. Clancy había recibido 30 recetas para 13 medicamentos distintos, expedidas por cinco proveedores diferentes en los cuatro meses anteriores a los crímenes, según testimonios y evidencia presentada ante el jurado.
La psiquiatra Jennifer Tufts, quien comenzó a tratarla en septiembre de 2022, testificó que Clancy reportó en un formulario de admisión que bebía alcohol entre una y dos veces al día, cinco días a la semana, y que se sentía culpable por ello. También declaró ansiedad, depresión e insomnio, pero negó tener pensamientos suicidas u homicidas en ese momento.
El 1 de enero de 2023, Clancy ingresó al hospital psiquiátrico McLean con pensamientos suicidas. La psiquiatra Alia Goodheart testificó que durante esa internación le retiró el antipsicótico Seroquel para mejorar el insomnio y le recetó Ativan y Trazodona por 14 días. Clancy salió el 5 de enero —dos semanas y media antes de los crímenes— porque quería estar en casa para el cumpleaños de Cora.
Goodheart reconoció que habría preferido más tiempo para observar los patrones de sueño de Clancy tras retirarle el Seroquel, pero que la paciente insistió en irse. Dijo que Clancy le aseguró que, pese a sus pensamientos suicidas, nunca actuaría sobre ellos «por sus hijos, su familia y su madre». Los toxicólogos confirmaron que al momento de los crímenes Clancy tenía en sangre dos antidepresivos, dos ansiolíticos y dos antipsicóticos.
La defensa, encabezada por Kevin Reddington, busca un veredicto de no culpabilidad por razón de demencia, argumentando que Clancy padecía psicosis posparto severa agravada por la medicación. Reddington también señaló que su cliente escuchaba una voz que le ordenaba cometer los actos.
El viernes hubo otro momento tenso: Reddington denunció ante el juez William Sullivan que un fiscal fue captado por un micrófono abierto diciendo «cállala» mientras Clancy lloraba durante la proyección de fotos de autopsia. El juez aceptó discutirlo en privado.
Que no te lo cuenten. Lo que está sobre la mesa no es solo la culpabilidad de una madre: es la pregunta de si un sistema médico que emite 30 recetas en cuatro meses para una paciente con ideación suicida cumplió con su deber. Cinco proveedores, trece drogas, una internación de cuatro noches y una alta prematura. La burocracia clínica hizo los registros correctos. Los niños no sobrevivieron para contarlo.



