Sarah Longwell, descrita como «Republican political strategist» que trabaja para elegir demócratas y publica The Bulwark, dijo el jueves por la mañana que su libro tiene un capítulo llamado «Republicans are from Mars, Democrats are from Venus».
Longwell sostuvo que las diferencias entre trabajar con republicanos y demócratas tienen «consecuencias electorales». Poco después, Tim Miller preguntó sobre Daniel Di Martino, inmigrante venezolano y economista del Manhattan Institute: «Why has the guy talking not been deported yet he speaks worse english than Melania».
El texto califica ese comentario de ataque «racially motivated» contra «a young, accomplished scholar» por ser «Latino and conservative». También afirma que la intervención de Miller cayó el mismo día en que Longwell insistía en la supuesta superioridad moral de su entorno.
La pieza sostiene que la idea de que los demócratas llegan a la pelea «armed with pillows» mientras los republicanos llevan «machine guns» es una fantasía útil para las élites progresistas. Según el texto, les permite creer dos cosas: que son combatientes más honorables y que, si soltaran los guantes, ganarían más.
A partir de ahí, el artículo enumera una larga cadena de episodios políticos. Menciona los ataques contra Ronald Reagan y Barry Goldwater. Luego cita la campaña de Ted Kennedy contra Robert Bork. También recuerda las acusaciones contra Clarence Thomas y Brett Kavanaugh. En ese repaso, el texto dice que demócratas electos respaldaron y promovieron denuncias contra Kavanaugh «without a single shred of evidence to support them».
El artículo agrega el caso de Miguel Estrada. Dice que George W. Bush intentó llevarlo a la Corte de Apelaciones del Circuito del Distrito de Columbia. También afirma que su esposa sufrió un aborto espontáneo durante la pelea política y que después ella murió por una aparente sobredosis de alcohol y pastillas para dormir.
Más adelante, la pieza sostiene que la derecha republicana que precedió a Trump también recibió golpes duros. Cita a John Lewis acusando a John McCain de «sowing the seeds of hatred». Y recuerda que Barack Obama sugirió que McCain alimentaba la división. Luego menciona a Mitt Romney como blanco de acusaciones de maltrato animal, fraude fiscal, racismo y sexismo.
La conclusión es incómoda para el relato progresista. La política, dice el texto, siempre ha sido un deporte áspero. Y los demócratas no han sido monjes de virtud. Han sido, como mínimo, actores igual de duros.
Eso importa porque la casta mediática de la izquierda vive de vender superioridad moral mientras practica la misma guerra sucia. El problema no es solo la hipocresía. Es la doble vara con la que pretende dictar quién puede hablar y quién debe ser expulsado del debate público.
Que no te lo cuenten. Cuando el supuesto bando limpio recurre a insultos, campañas de desprestigio y acusaciones sin pruebas, el relato se cae solo.



