Un tiroteo sacudió el corazón de Seattle este domingo durante el festival Bite of Seattle, celebrado en el Seattle Center, el complejo turístico y cultural donde se erige la icónica Aguja Espacial. El saldo: al menos dos muertos y cinco heridos.
El Departamento de Policía de Seattle confirmó los hechos en X con un mensaje directo: «La policía está investigando un tiroteo. Hay múltiples víctimas de disparos. Se registraron disparos en el Seattle Center. Por favor, evite la zona». La alcaldesa Katie Wilson informó que dos personas fueron detenidas en relación con el ataque.
Los disparos ocurrieron cerca de las 6:00 p.m. hora local, en pleno apogeo del evento. El festival Bite of Seattle reúne más de 300 puestos de comida y artículos promocionales, y es considerado uno de los eventos públicos más grandes de la ciudad. Testigos presenciales describieron al diario Seattle Times una escena de caos total: ráfagas de disparos, multitudes corriendo y personas buscando refugio por todo el complejo de 74 acres.
Según el conteo de la organización Gun Violence Archive (GVA), Estados Unidos acumula 268 tiroteos masivos en lo que va del año —definidos como aquellos con cuatro víctimas o más sin contar al atacante—.
El relato se cayó solo. Año tras año, las mismas ciudades gobernadas por la misma clase política progresista prometen espacios públicos seguros, recortan recursos policiales, priorizan el «diálogo comunitario» sobre el orden, y el resultado es siempre el mismo: familias huyendo en pánico de un festival de comida. Seattle no es una anomalía; es el modelo.
Lo que está en juego no es solo la seguridad de un parque. Es la capacidad del Estado de cumplir su función más básica: proteger a los ciudadanos en el espacio público. Cuando esa función falla repetidamente, y la respuesta institucional es otra rueda de prensa y otra detención sin contexto, el ciudadano tiene todo el derecho de exigir cuentas. Que no te lo cuenten.



