En 1982 llegó a los cines una comedia con clasificación «PG». Se llamaba Tootsie. Hoy, vista desde el presente, resulta más transgresora que la mayoría de los dramas «valientes» que produce Hollywood.
El argumento es conocido. Michael Dorsey, actor brillante e imposible, se disfraza de mujer para conseguir trabajo. Se convierte en «Dorothy Michaels». Gana el papel. Y descubre, en carne propia, lo que significa ser mujer en un entorno laboral dominado por hombres.
La película no suaviza nada. El director del programa ni se molesta en aprender los nombres de sus actrices. Un compañero de reparto sigue a Dorsey hasta su apartamento y no acepta un «no». Eso no es confusión romántica. Es acoso. La fuente lo describe sin rodeos: «por cualquier medida razonable, está cometiendo una agresión sexual».
Hasta ahí, el relato progresista podría reclamar la película como suya. Pero Tootsie no se detiene ahí. Va más lejos. Y eso es lo que la hace incómoda hoy.
Dorsey también descubre el lado opuesto. Las mujeres proyectan sobre los hombres ideales imposibles. Fantasías que ningún ser humano real puede cumplir. En una escena clave, Dorsey —ya de vuelta como hombre— le dice a Julie, la actriz de la que se ha enamorado, exactamente la frase que ella misma le confesó que soñaba escuchar. Resultado: ella le tira un trago a la cara.
No es crueldad. Es la broma más honesta de toda la película. Los seres humanos rara vez coinciden con las fantasías que proyectamos sobre ellos.
Hay otro detalle que hoy resulta casi escandaloso. Cuando el personaje de Dorsey confiesa en vivo que es un hombre disfrazado de mujer, los ejecutivos del estudio lo califican de «fraude mayor». Una frase que, según la fuente, «se siente genuinamente escandalosa para una sensibilidad moderna entrenada para interiorizar el mantra de que las mujeres trans son mujeres como dogma incuestionable».
Dustin Hoffman construyó a Dorothy sin guiños al público. Sin campería. Sin distancia irónica. Jugó absolutamente en serio. Esa honestidad es la que hace funcionar la sátira.
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En Contrafuego leemos esto como síntoma de algo más amplio. La cultura popular de los ochenta podía reírse de la diferencia entre hombres y mujeres porque aún la reconocía. Hoy esa misma película sería cancelada antes del estreno. No porque ofenda más. Sino porque dice la verdad.
El relato de género actual no tolera la comedia. No tolera la contradicción. No tolera que un hombre aprenda algo difícil sobre las mujeres y que las mujeres aprendan algo difícil sobre sí mismas. Tootsie hizo las dos cosas. Por eso incomoda. Que no te lo cuenten.



