Un tribunal de Escocia acaba de sentar jurisprudencia. Llamar «Yank» a un americano en el lugar de trabajo constituye acoso racial. Así lo resolvió la jueza Melanie Sangster en un caso que involucra a dos camareros de un Pizza Express en Aberdeen.
Los hechos son simples. Raymond Joseph, servidor estadounidense, trabajaba en ese restaurante en 2024. Durante un turno agitado, su compañero Michael Tortolano le espetó: «Why don't you just leave, nobody f–king likes you, f—ing American, go back to your country, you f–king yank». Joseph respondió llamándolo «bald loser» e «incel».
El resultado fue doble. La empresa despidió a Joseph tras una audiencia disciplinaria por conducta grave. Pero Joseph acudió al tribunal. Y ganó. La jueza Sangster determinó que el término «Yank» «constituyó acoso relacionado con la raza». Joseph recibirá casi 7.000 dólares.
Hubo más. Joseph también alegó que los uniformes del restaurante mostraban un diseño de esvástica. Sangster rechazó esa acusación.
Joseph declaró ante el tribunal sentirse «herido y humillado» por el comentario. Señaló que ocurrió frente a clientes. «Yank» es una abreviatura de «Yankee», término que puede usarse de forma despectiva hacia los estadounidenses.
Que no te lo cuenten. Un empleado despedido por conducta grave termina cobrando una indemnización porque su compañero usó un gentilicio ofensivo. Eso es lo que ocurrió aquí. Los hechos no se pueden torcer.
Pero el ángulo importa. Europa lleva años expandiendo el concepto de «acoso» hasta hacerlo prácticamente ilimitado. Cada nueva categoría protegida genera nueva litigación. Genera nuevos costos para los empleadores. Genera más incertidumbre jurídica para quien contrata. El libre mercado laboral necesita reglas claras y proporcionales. No un laberinto donde cualquier insulto durante un turno de pizzería activa el aparato judicial y termina en indemnización. La doble vara está servida: Joseph fue despedido con causa. Aun así, cobró. Eso no es justicia laboral. Es burocracia judicial funcionando como lotería.



