Las imágenes llegaron desde España. Casi 50.000 migrantes africanos cruzaron en masa la frontera marroquí hacia Ceuta, territorio español en la punta norte de África. Al menos 34 personas murieron en el intento. Miles de jóvenes nadaron o forzaron su paso. El caos se instaló en las calles.
Trump no tardó ni un día en reaccionar. En una entrevista telefónica con Fox News el viernes por la mañana, el presidente lanzó una advertencia directa: «Es terrible. Recuerden esa imagen. Eso seremos nosotros en tres años si gana el lado equivocado». Y remató: «Si los demócratas llegan al poder, no van a vivir muy bien».
Desde la Casa Blanca, el subjefe de Gabinete de Política Stephen Miller fue más lejos. Según sus palabras, «los demócratas hicieron esto a América cada día durante cuatro años bajo Biden y lo harán de nuevo al instante, pero en una escala órdenes de magnitud mayor, si se les da cualquier forma de poder nacional». Miller añadió que «los demócratas verán su hogar pisoteado y robado por invasores, y se alegrarán».
El senador Tom Cotton (R-AR) apuntó en la misma dirección. «Esto es lo que los demócratas que quieren desfinanciar el ICE ven como modelo», dijo. «Ven las fronteras abiertas como una herramienta para importar el tercer mundo y cambiar fundamentalmente América». El representante Brandon Gill (R-TX) sumó su propia lectura: «Lo que ocurre en España debe ser una advertencia. Solo hace falta una elección para que tu nación se vuelva irreconocible».
El contexto no es menor. Durante la presidencia de Joe Biden, según la fuente, más de siete millones de inmigrantes ilegales de todo el mundo cruzaron la frontera estadounidense. Las escenas de Ceuta recordaron, según el mismo reporte, las imágenes del período Biden: una multitud derribando alambre de púas para superar a la Guardia Nacional de Texas en El Paso.
En Contrafuego lo decimos sin rodeos. Lo que ocurrió en Ceuta no es una tragedia humanitaria abstracta. Es el resultado concreto de una política deliberada. Pedro Sánchez abrió la puerta. El caos entró solo. La pregunta para el elector americano es si quiere repetir ese experimento en casa.
La frontera no es un símbolo. Es la primera línea del contrato entre el Estado y sus ciudadanos. Cuando ese contrato se rompe, los que pagan el precio no son los funcionarios que abren las puertas. Son los vecinos que las ven caer. Que no te lo cuenten.



