El miércoles 2 de septiembre, la subsecretaria de Relaciones Económicas Internacionales, Paula Estévez, recibió a dirigentes gremiales para informarles sobre las conversaciones con Estados Unidos por los aranceles aplicados a productos chilenos. La respuesta fue fría. «Nada nuevo», resumió uno de los asistentes.
La reunión dejó la misma sensación en varios gremios: avances acotados, poca claridad y un escenario que sigue abierto. Según al menos tres altas fuentes gremiales y dos del gobierno, la decisión norteamericana se está inclinando por permitir algunas frutas en la excepción arancelaria, pero cerrarle el paso a los salmones y la madera.
Ese giro se desprende de los dos encuentros bilaterales sostenidos con el Representante del Comercio de Estados Unidos, el USTR. El último fue entre el lunes 24 y martes 25 de agosto, con una delegación liderada por Jeffrey Goettman. Antes, en abril, funcionarios de la Subrei viajaron a Washington para intentar evitar la tarifa prevista para agosto.
En medio de ese proceso, Estados Unidos impuso el pasado 23 de julio de 2026 un arancel del 12,5% a los envíos de 60 economías, incluida Chile, tras concluir que no contaban con medidas suficientes, o no las aplicarían de manera efectiva, para impedir la importación de bienes producidos con trabajo forzoso. La medida reemplazó el arancel temporal de 10% que regía hasta entonces.
Hoy, el 53,6% de los productos que van a Estados Unidos, equivalentes a US$10.707 millones, mantiene arancel cero. En esa lista están el cobre, el litio, el oro, el kiwi fresco y las paltas. En cambio, el 40,3% enfrenta una tarifa del 12,5%, entre ellos el salmón, tableros de madera, uva fresca, cereza fresca, vino, carne de ave, cítricos, manzanas, limones, lácteos, mejillones, harina de pescado y aceite de oliva.
La señal que ha trascendido es clara: la uva de mesa podría quedar liberada porque no compite con la producción estadounidense en la misma estación. Pero otras frutas, aun cumpliendo ese requisito, siguen fuera del alivio. Por eso los negociadores chilenos siguen empujando para que cerezas y cítricos como las clementinas queden exentos, con menos perspectiva para arándanos y nectarines.
Que no te lo cuenten. El problema de fondo no es sólo un arancel. Es la fragilidad de una estrategia que deja a sectores enteros dependiendo del humor de una burocracia extranjera. Cuando el libre comercio se convierte en papel mojado, los que pagan son los exportadores, los trabajadores y, al final, el bolsillo de todo un país.
Otra vez la doble vara. Si Estados Unidos firmó un TLC con Chile, lo mínimo exigible era respeto por lo pactado. En vez de eso, el país queda atrapado entre excepciones parciales y castigos selectivos. Eso no fortalece la inversión ni la certeza jurídica: la erosiona.



