Donald Trump dijo el sábado que todavía no ha decidido si la ejecución por fusilamiento de Nidal Malik Hasan será transmitida en vivo desde Fort Hood. «Haré una decisión, finalmente», afirmó ante reporteros en la Casa Blanca.
El Pentágono confirmó a Fox News Digital a inicios de esta semana que la ejecución de Hasan —ex mayor del Ejército condenado por matar a 13 personas y herir a otras 32 en Fort Hood en 2009— estaba programada para el 3 de diciembre. Será la primera ejecución militar en más de seis décadas, según la información publicada por Fox News Digital.
Trump dijo que hay «dos pensamientos»: no mostrarla o mostrarla. También sostuvo que, al exhibirla, quizá «otras personas no harán lo que él hizo». Más tarde añadió: «Sé lo que al Ejército le gustaría hacer, pero tomaremos una decisión».
El viernes, en una entrevista con CNY Central después de un acto en Syracuse, Trump dijo que no participó en la decisión, pero que la entiende. Agregó que los militares querían que la ejecución sirviera «como ejemplo».
Fox News Digital reportó previamente que Trump aprobó el uso de un pelotón de fusilamiento del Ejército tras una recomendación del secretario de Guerra, Pete Hegseth. El vicepresidente JD Vance también dijo el viernes que no estaba seguro de si la ejecución sería transmitida en vivo.
Hasan fue identificado por las autoridades como el autor del ataque masivo en Fort Hood. Un veterano herido siete veces en esa masacre advirtió que los estadounidenses que planean ver la ejecución deberían pensarlo dos veces.
Aquí hay algo más grande que el morbo de una transmisión. Cuando el Estado convierte un castigo en espectáculo, cruza una línea delicada: la justicia deja de parecer exclusivamente justicia y empieza a parecer pedagogía política. Y cuando una ejecución se presenta como «ejemplo», el aparato estatal entra en terreno peligroso, porque el mensaje ya no es solo sobre el crimen, sino sobre el poder.
Que no te lo cuenten: el orden importa, pero también importa que el castigo no se vuelva propaganda. El sistema penal debe imponer consecuencias, no fabricar rituales para alimentar a la burocracia con una exhibición pública del horror. Otra vez la doble vara: el Estado pide solemnidad cuando le conviene, pero no duda en convertir la violencia en contenido cuando cree que le sirve.


