President Trump llevó este miércoles a Bullhead City, Arizona, un mensaje de campaña cargado de confrontación a menos de tres semanas de la elección. Frente a simpatizantes republicanos, advirtió que los demócratas «destroy our country» y llamó a los votantes a «turn the state red from top to bottom».
Trump respaldó a Rep. Andy Biggs, nominado republicano a gobernador, y a una lista de candidatos del GOP. También apuntó contra la gobernadora demócrata Katie Hobbs y pidió una victoria «in honor of Charlie Kirk».
«On election night, Arizona is going to prove that America does not belong to those who hate it», dijo Trump. «America belongs to those who love, love, love, love — love it.»
Biggs se subió al mismo libreto y recordó el discurso del Estado de la Unión de febrero. Según Biggs, los demócratas se negaron a ponerse de pie cuando Trump desafió a los legisladores a demostrar su compromiso con los estadounidenses. «Vote Republican top to bottom», dijo. «Let’s turn Arizona red.»
Trump retomó ese episodio y afirmó que «not one Democrat smiled or clapped» durante el reconocimiento a un veterano. Luego remató: «You people are crazy». En la versión que dio el presidente, los demócratas reaccionaron de forma hostil ante el homenaje a militares y veteranos.
En el mismo acto, Trump también elogió a Sine Kerr, compañera de fórmula de Biggs; a Alex Kolodin, a quien llamó «a warrior for election integrity»; y a varios republicanos, entre ellos Paul Gosar, Abe Hamadeh, Eli Crane y Mark Lamb. Además, dedicó parte del evento a recordar a Charlie Kirk y a su viuda, Erika.
La escena deja una imagen simple: Trump no está peleando solo por Arizona, está peleando por el control político del estado y por imponer una lectura moral de la contienda. Para su electorado, el mensaje es de orden y lealtad; para sus adversarios, es una acusación frontal de desprecio por el país.
Otra vez la doble vara: el aparato demócrata se indigna por el tono, pero no tiene problema en normalizar la hostilidad contra el votante conservador. Que no te lo cuenten. Trump convirtió un mitin de campaña en una advertencia sobre quién manda, quién respeta las instituciones y quién las usa como arma partidista.



