Trump anunció el lunes un peaje del 20% sobre los barcos que transitan por el estrecho de Ormuz. Al día siguiente, dio marcha atrás. La agencia marítima de la ONU ya había calificado el anuncio de ilegal. Varios países del Golfo pidieron aclaraciones urgentes a la Casa Blanca.
«Tras conversaciones muy productivas con los líderes de Oriente Medio, he decidido sustituir la tasa de reembolso del 20% de Estados Unidos por acuerdos comerciales y de inversión», escribió Trump en Truth Social. El giro fue rápido. Pero dejó una imagen: Washington improvisó y sus aliados más cercanos en la región quedaron expuestos.
El fondo del problema es más serio. Arabia Saudita, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin ya se habían comprometido a invertir más de 2 billones de dólares en Estados Unidos en los próximos años. Trump afirmó que las «nuevas inversiones» harán esa cifra «aún mayor». Es decir: cambió el peaje por más compromisos de capital. El negocio sigue en pie. El método fue el que falló.
Mientras tanto, Irán lanzó ataques contra instalaciones militares estadounidenses en Qatar, Kuwait, Omán y Jordania. Los restos de misiles cayeron en territorio de países que insisten en que no permitieron usar su suelo para atacar a Teherán. Un funcionario árabe declaró a Haaretz que los ataques iraníes «no solo pretendían enviar un mensaje militar, sino también ejercer presión política sobre los gobiernos del Golfo». El objetivo: que usen su influencia en Washington para frenar los bombardeos.
Simon Mabon, profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Lancaster, lo resumió a Al Jazeera sin rodeos: los estados del Golfo son blanco de ataques por sus relaciones con Estados Unidos, pero esas mismas relaciones han frustrado muchos de esos ataques. Dependencia y vulnerabilidad al mismo tiempo.
El Comando Central estadounidense anunció que el bloqueo naval de los puertos iraníes, vigente de abril a junio, se reanudó el martes a las 23:30 hora local. Trump fue directo: «El estrecho de Ormuz está abierto a TODO el tráfico marítimo, excepto al de Irán».
Las consecuencias económicas para la región no son menores. Tensiones sostenidas en el estrecho podrían interrumpir exportaciones de petróleo y gas, encarecer el transporte marítimo y los seguros, y golpear la inversión, el turismo y el transporte aéreo.
La lectura de Contrafuego es esta: Trump tiene razón en presionar a Irán. El régimen de los ayatolás ha financiado décadas de desestabilización regional. Pero la improvisación tiene costos. Anunciar un peaje ilegal sobre una vía marítima global, alarmar a tus propios aliados y retroceder en 24 horas no es negociación dura. Es ruido. Los estados del Golfo necesitan claridad estratégica de Washington, no sorpresas de lunes que se deshacen el martes. El dinero ya estaba comprometido. Lo que falta es coherencia.



