Donald Trump apoyó los aranceles en 2016 y eso, según la fuente, lo ayudó a ganar una victoria electoral inesperada. Diez años después, esa misma política puede terminar dañando a los republicanos en las elecciones legislativas de 2026.
La razón es simple y brutal: los aranceles suben los precios. Trump ganó su segundo mandato prometiendo reducirlos, pero los derechos de importación empujan en sentido contrario. El Yale Budget Lab estima un costo de unos $1,000 al año por hogar.
La implementación también ha sido un problema. La fuente describe el despliegue como desordenado y arbitrario, y señala que la base legal de muchos aranceles es dudosa. Esa combinación no ha ayudado a sostener apoyo político.
La encuesta del Cato Institute con Morning Consult encontró que 74% de los estadounidenses dice que los aranceles aumentaron los precios que paga, incluidos 66% de los republicanos. Además, 53% cree que debilitaron la economía y 49% que dañaron su calidad de vida.
Después del último choque comercial con Canadá, una encuesta de Politico/Public First halló que 56% de los estadounidenses cree que los aranceles sobre ese vecino fueron «incorrectos». Y en una encuesta de CBS/YouGov, la gente prefirió por 26 puntos a un candidato que se opone a los aranceles de Trump frente a uno que los apoya.
El impacto político ya se ve en el mapa electoral. Los demócratas prometen revertir los aranceles de Trump, y hasta Sherrod Brown, descrito como proteccionista, critica la medida. Al mismo tiempo, algunos candidatos republicanos en estados con mucho comercio con Canadá también se han desmarcado de la guerra comercial.
El frente agrícola es otro foco de desgaste. China redujo sus compras de productos agrícolas de Estados Unidos en represalia, y el sector fue golpeado. Las exportaciones de trigo, algodón, carne de res y cerdo a China cayeron el año pasado, y las exportaciones agrícolas totales a ese país bajaron 66%.
A eso se suma que el diésel subió 80% y el fertilizante 15% debido a la guerra con Irán, creando más presión sobre el campo y sobre el bolsillo del consumidor.
La lectura política es evidente: una política vendida como defensa de la industria termina siendo, para el ciudadano común, otro costo escondido del aparato estatal. Si el precio de la protección es inflación, el relato se cae solo. Y cuando la doble vara entre promesas de alivio y facturas más altas se vuelve visible, el castigo llega en las urnas.



