Donald Trump dijo el jueves que cualquiera que siga usando el término «artificial intelligence» en vez de su reemplazo preferido es «the enemy» de la Casa Blanca.
La declaración apareció en Truth Social, mientras Trump seguía impulsando el cambio de nombre de la tecnología. La semana pasada firmó una orden ejecutiva que instruye a las agencias federales a usar «Super Intelligence», o «SI», en lugar de «Artificial Intelligence», o «AI», en las comunicaciones oficiales.
Varios ejecutivos tecnológicos de alto perfil ya adoptaron la terminología. Elon Musk escribió esta semana: «No more AI. SI. It’s better». Musk también se corrigió a sí mismo al responder una pregunta de un reportero fuera de la Casa Blanca la semana pasada.
«I think it’s worth highlighting the positive benefits of AI — SI, pardon me. I think by far the most likely outcome is major abundance», dijo Musk tras reunirse con Trump y otros líderes tecnológicos. Musk también ha dicho que planea renombrar SpaceXAI, la unidad de inteligencia artificial de SpaceX, como SpaceXSI.
En una entrevista con Bret Baier, de Fox News, Jeff Bezos respaldó la terminología. «I do like SI», dijo. «Artificial means fake. It’s a big road to change, everybody getting to say Super Intelligence only because they’re so used to AI at this point…but I do understand the desire to get away from the word artificial».
Jensen Huang, CEO de Nvidia, también usó el término en una publicación sobre su reunión con Trump y otros líderes tecnológicos. Mark Zuckerberg, de Meta, ya había empleado «superintelligence» antes de la orden presidencial. El 28 de septiembre, Zuckerberg dijo: «We believe superintelligence will create significant new opportunities for all people and businesses».
Pero el rebranding también recibió críticas. Natalie Winters, reportera de War Room, dijo: «Hammering ‘Super Intelligence’ and playing all those games is not what people voted for». Thomas Haigh, profesor de computación en la Universidad de Wisconsin-Milwaukee, argumentó que el cambio de marca no tranquilizaría al público.
La pelea no es solo semántica. Cuando el poder político pretende dictar hasta el nombre de una tecnología, lo que está en juego es quién controla el relato: la burocracia, las grandes plataformas o el ciudadano que paga las consecuencias de esas decisiones. Otra vez la doble vara: se vende innovación, pero se ordena obediencia terminológica desde arriba.
Que no te lo cuenten. Si el gobierno cree que cambiar una palabra cambia la realidad, el problema no es la sigla. Es la tentación de convertir el aparato estatal en editor de la conversación pública.


