Donald Trump publicó en Truth Social una imagen de la Luna con la bandera de Estados Unidos y el mensaje «The Moon is Ours». Lo hizo el mismo fin de semana en que también posteó un mapa de toda Norteamérica —Canadá y México incluidos— con la bandera de las estrellas.
No es la primera vez. Con Groenlandia ocurrió igual: primero las imágenes, luego las declaraciones públicas, luego la disputa con Dinamarca y la Unión Europea. El patrón es conocido.
Esta vez el gesto visual vino acompañado de acción institucional. El 28 de agosto de 2026, Trump firmó una orden ejecutiva que crea la Academia Espacial de los Estados Unidos. La academia capacitará de forma gratuita a astronautas, científicos, ingenieros, operadores, empresarios, funcionarios y combatientes. Los graduados no tendrán obligación de servicio militar activo. Podrán cumplir su servicio trabajando en la NASA o como empleados civiles del gobierno.
La polémica no llegó por la academia en sí. Llegó por los uniformes. Trump afirmó que están inspirados en la película «Starship Troopers». Varios observadores señalaron similitudes con los uniformes de la SS nazi. Otros los compararon con Darth Vader.
Sobre la propiedad de la Luna, el derecho internacional es claro. El Tratado del Espacio Exterior de 1967 —firmado y ratificado por Estados Unidos, la Unión Soviética y decenas de países— prohíbe en su artículo II cualquier apropiación nacional del espacio, ya sea por soberanía, uso, ocupación o cualquier otro medio. La Luna se rige por el principio de Res Communis: patrimonio común de la humanidad, exploración pacífica, condiciones de igualdad.
Hay, sin embargo, un área gris. En 2015, Estados Unidos aprobó la Ley de Competitividad para el Lanzamiento Espacial Comercial. Esa ley permite a empresas estadounidenses poseer y vender materiales extraídos del espacio. El argumento: extraer recursos no equivale a reclamar soberanía territorial.
Los opositores de Trump han calificado sus publicaciones como un «episodio de salud mental en línea» y han invocado la 25.ª Enmienda. Otros las leen como trolleo calculado. El problema es que el trolleo de Trump tiene historial de convertirse en política exterior.
Que no te lo cuenten. Lo que está en juego no es solo una imagen provocadora. Es la carrera por definir quién controla los recursos del espacio antes de que el derecho internacional los regule con claridad. Estados Unidos lleva ventaja legislativa doméstica. China y Rusia observan. El vacío jurídico existe. Y los que lleguen primero con tecnología y capital serán los que escriban las reglas. Eso, desde la línea del libre mercado y la soberanía nacional, no es necesariamente malo. Pero mezclar expansionismo visual con uniformes de dudosa estética no es la mejor forma de ganar el argumento.


