Donald Trump volvió a hablar de Venezuela el miércoles 6 de agosto con un discurso que mezcló política migratoria, petróleo y lo que él mismo llamó «la vieja forma de hacerlo».
El presidente estadounidense afirmó que su país está obteniendo «mucho petróleo» de Venezuela y describió al país sudamericano como «uno de los lugares más ricos en petróleo del mundo». Señaló que «miles de millones y miles de millones de barriles de petróleo están saliendo de Venezuela», aunque no precisó que EE. UU. sea el receptor exclusivo de ese volumen.
Las declaraciones surgieron mientras Trump defendía al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), al que calificó como integrado por «algunos de los más grandes patriotas» de la nación. Desde ahí enlazó el tema con la organización criminal Tren de Aragua: «Estos tipos, lo que hacen, tienen que sacar al Tren de Aragua de Venezuela», afirmó.
Sobre el estado actual de la relación bilateral, Trump fue directo: «Ahora amo a Venezuela, ya saben, la amo. Nos está yendo muy bien con Venezuela». La justificación vino acompañada de una referencia a lo que describió como una «guerra de 48 minutos» —aludiendo a una operación militar del 3 de enero de 2026 que, según él, culminó con la captura de Nicolás Maduro—. «Pagamos la guerra con lo que obtuvimos de allí, muchas, muchas, muchas veces más. ¿Dónde habían oído eso antes? No lo habían oído antes. Es la vieja forma de hacerlo: al vencedor le pertenecen los despojos», expresó.
Trump también mencionó a Irán en el mismo tono: «Estamos golpeándolos duramente allí», dijo al referirse a la presión que Washington mantiene sobre Teherán.
Lo que Trump describió el miércoles no es diplomacia convencional: es una lógica transaccional en la que la seguridad, el petróleo y la fuerza militar se presentan como un mismo balance contable. Que un presidente de EE. UU. invoque abiertamente «al vencedor le pertenecen los despojos» para explicar su política exterior marca un quiebre con décadas de lenguaje institucional —y eso, guste o no, tiene consecuencias para toda la región.
Para América Latina el mensaje es claro: Washington no está negociando desde principios; está negociando desde resultados. Quienes entiendan esa lógica a tiempo tendrán margen de maniobra. Quienes sigan esperando multilateralismo y protocolos de Naciones Unidas probablemente se despierten tarde.



