Donald Trump reaccionó con furia después de que el Comité Noruego del Nobel premiara a la jurista sudafricana Navanethem «Navi» Pillay con el Nobel de la Paz.
En un acto de campaña y luego en un largo mensaje en Truth Social, Trump calificó la decisión como una «mancha indeleble que nunca será olvidada». También dijo que el premio quedó «desacreditado para siempre» por «un puñado de ideólogos radicales».
El mandatario insistió en que él debía haber recibido el galardón. Afirmó que resolvió «ocho guerras» y que está «a punto de resolver, o ganar, dos más: Irán y Rusia-Ucrania».
Trump además despreció a Pillay. Dijo: «No sé nada de esta mujer y nadie más tampoco». También sostuvo que, hasta donde sabe, «nadie había oído hablar de ella» y que ella «odia a Israel».
La premiada, de 85 años, presidió la Comisión Internacional de Investigación de la ONU sobre los territorios palestinos ocupados e Israel, que concluyó que lo ocurrido en Gaza califica como genocidio. Esa conclusión desató el rechazo del gobierno de Benjamin Netanyahu.
Jørgen Watne Frydnes, presidente del Comité Noruego del Nobel, respondió que el organismo es independiente del gobierno noruego y que su único mandato es cumplir los criterios del testamento de Alfred Nobel. Dijo que el premio reconoce a una persona que, «con valentía e integridad», ha liderado el camino hacia un orden jurídico mundial más integral.
El episodio vuelve a mostrar un rasgo conocido: cuando la burocracia internacional no obedece al poder político, Trump la descalifica. Cuando el premio no cae en sus manos, el problema no es su conducta. El problema, según él, es el jurado.
Que no te lo cuenten. El hecho central es otro: un presidente de Estados Unidos convirtió una premiación ajena en una cruzada personal. Y lo hizo mientras reclamaba para sí un reconocimiento que no le pertenece. Esa es la doble vara de siempre: si gana, celebra el sistema; si pierde, acusa a todos de estar contra la civilización.


