El Senado republicano cerró su semana legislativa con una victoria parcial: aprobó un proyecto de ley para evitar el cierre del gobierno y confirmó a Todd Blanche como fiscal general. Pero dejó sobre la mesa dos de las prioridades más ambiciosas del presidente Donald Trump.
El primero es el SAVE America Act, la ley de integridad electoral que Trump ha convertido en obsesión personal. El segundo, el mecanismo para aprobarla: la reconciliación presupuestaria, el proceso que permite a los republicanos sortear el filibuster demócrata con mayoría simple. Sin ese vehículo, el SAVE America Act no va a ningún lado.
Y ese vehículo fue el propio Trump quien lo frenó.
Según reportó Fox News, los senadores Ron Johnson (Wisconsin), Mike Lee (Utah) y Rick Scott (Florida) se reunieron en la oficina del líder de la mayoría, John Thune, después de hablar con el presidente. Johnson explicó que Trump concluyó que el mejor camino era «trabajar diligentemente durante agosto y septiembre para elaborar un proyecto de reconciliación presupuestaria realmente mejor». El blueprint de $150 mil millones que Johnson había redactado quedó pausado.
La razón: Trump temía que ese marco presupuestario fracasara en el piso del Senado.
Lee, uno de los principales impulsores del SAVE America Act, intentó calmar las aguas: «No estamos abandonando el SAVE», dijo. «Es cuestión de tiempo». Pero el tiempo es precisamente lo que escasea. El Senado regresa la tercera semana de septiembre con dos proyectos de ley masivos en agenda —regulación de criptomonedas y dinero en el deporte universitario— y luego vuelve a ausentarse casi todo octubre para preparar las elecciones de mitad de período de noviembre.
El calendario aprieta. La ventana legislativa se estrecha. Y la ley que Trump más quiere aprobar sigue esperando el vehículo que la lleve al destino.
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Que no te lo cuenten. Trump tomó la decisión táctica de frenar un proceso que él mismo consideraba prematuramente condenado, lo cual habla de un cálculo político, no de abandono. Pero el resultado inmediato es el mismo: el aparato legislativo republicano llega a las vacaciones de agosto sin haber consolidado la agenda que el presidente prometió mover a toda velocidad.
La burocracia del Senado, los calendarios de campaña y las negociaciones internas de la bancada tienen una habilidad probada para devorar las prioridades de cualquier ejecutivo, sin importar cuánto ruido haga desde la Casa Blanca. El relato de la mayoría republicana imparable tendrá que esperar, al menos, hasta septiembre.



