La pregunta que deja esta historia es incómoda para Washington: si el presidente ordenó «inmediatamente» abrir una investigación bajo la Sección 301 contra el trato europeo a las tecnológicas estadounidenses, ¿por qué más de un mes después no ha comenzado?
Según Jamieson Greer, Estados Unidos y Canadá habían encontrado una vía para un acuerdo comercial. Luego, los negociadores canadienses se apartaron del pacto casi final porque querían «más». Después, Canadá impuso aranceles de represalia y culpó a Estados Unidos por el quiebre.
Pero el foco más grande está en Europa. Durante años, funcionarios europeos han enterrado a empresas tecnológicas estadounidenses bajo investigaciones, regulaciones y multas masivas. Les han obligado a rediseñar productos, han exigido acceso a tecnología propietaria y han extraído miles de millones de dólares en sanciones.
Greer describió esas acciones como «transferencia forzada de tecnología de facto y robo de propiedad intelectual» respaldadas por «penalidades financieras irrazonables». También dijo que las multas de Europa contra Google suman más del 2% del presupuesto total de la Unión Europea.
El dato político es claro: Google agradeció públicamente a la administración Trump tras el anuncio de la investigación. Amazon, Apple, Meta, X y otras compañías estadounidenses llevan años peleando contra esos castigos. Es decir, no parece faltar respaldo empresarial. Tampoco parece faltar una queja explícita desde la propia representación comercial de EE. UU.
Mientras tanto, Europa sigue adelante con su llamado «paquete de soberanía tecnológica». Según la fuente, incluye hasta €10 mil millones en financiamiento público y otros €180 millones en contratos de nube soberana, como parte de un esfuerzo diseñado explícitamente para reducir la dependencia de proveedores tecnológicos «extranjeros».
Traducción simple: regulan con la mano dura del aparato estatal y subsidian con dinero público su propio campo de juego. Luego se sorprenden cuando Washington decide responder.
Aquí no hay una pelea abstracta por tecnicismos. Hay una prueba de voluntad. Si la administración Trump no ejecuta su propia orden, Europa aprende que puede esperar. Y si Bruselas ve que la amenaza no tiene consecuencias, seguirá apretando a las empresas estadounidenses mientras disfraza proteccionismo con lenguaje burocrático.
El relato se cae solo. O Washington defiende de verdad a la libre empresa estadounidense, o acepta que otro bloque use regulación, multas y fondos públicos para torcer la competencia. Otra vez la doble vara.



