Eric Larson, caddie de PGA, recibió un indulto presidencial que le quita de encima una condena por tráfico de cocaína que lo había dejado fuera de torneos en el Reino Unido. Tiene 66 años y había pasado 11 años en prisión por ese delito.
La situación le bloqueó el trabajo en Gran Bretaña después de que el gobierno británico cambiara sus leyes migratorias hace dos años para exigir una autorización electrónica a los viajeros. Larson ya había sido rechazado por esa condena. Por eso no pudo acompañar a Harris English en el British Open de 2025, torneo en el que English terminó segundo y ganó $1.8 millones.
Para un caddie, el impacto económico no es menor. Según la nota, suelen cobrar una comisión de 7% del premio del golfista si terminan entre los 10 primeros. En el caso del Open, eso habría significado cerca de $126,000 para Larson.
La Casa Blanca no anunció el indulto. Trump lo firmó el 3 de septiembre, una semana antes de volar a su campo de Doonbeg, en Irlanda. Después, llamó por teléfono a Larson y a English para comunicarles la decisión.
English dijo que estaba «muy entusiasmado» por Larson y que ahora podrá viajar para trabajar a su lado en el Scottish Open y el British Open. Larson, por su parte, afirmó que presentó una solicitud formal a través de la oficina de indultos del Departamento de Justicia, con documentos sobre su trabajo en prisión y cartas de respaldo. También dijo: «Quiero que se base en mis méritos, no porque lo conozco».
Larson contó que en los años 80 y principios de los 90 consiguió cocaína en Florida y la envió a amigos y conocidos entre estados. Dijo que no la consumía. El presidente, de acuerdo con Larson, lo conoció por medio de los golfistas y lo vio en diciembre en Trump National, en West Palm Beach.
El caso deja una lección clara. El sistema de indultos no debería parecer una puerta trasera ni un premio para los amigos del poder. Si Larson dice la verdad, su salida pasó por el proceso formal. Bien. Eso es lo mínimo que debe exigirse cuando el aparato estatal reparte segundas oportunidades.
Pero también queda otra verdad incómoda: una condena vieja puede seguir cerrando puertas durante décadas, incluso cuando alguien ya cumplió su pena y busca volver al trabajo. Que no te lo cuenten. El relato se cayó solo. Aquí lo que importa es si la burocracia castiga para siempre o si, al menos a veces, deja espacio para la redención y el mérito.



