Donald Trump no se mordió la lengua. Viajando a bordo del Air Force One, y con Netanyahu a punto de llegar a la Casa Blanca, el presidente estadounidense descartó de plano las advertencias del primer ministro israelí contra la venta de cazas F-35 a Turquía.
«Nadie me dice qué debemos vender o no», dijo Trump ante la prensa. «Turquía ha sido un aliado tremendo para mí.»
Netanyahu había sido explícito semanas antes en una entrevista con Fox News: «No creo que deban recibir F-35 ni motores para sus cazas». En el mismo espacio, describió a Turquía como «un régimen infectado por los Hermanos Musulmanes» y advirtió que representa una amenaza regional creciente tanto para Israel como para Estados Unidos.
Trump lo escuchó. Y siguió su propio rumbo.
«Turquía no es muy fan de Israel. No es muy fan de Bibi», reconoció el presidente. «Pero han sido geniales conmigo.» A continuación elogió las capacidades militares turcas: «País muy poderoso. Ejército tremendo. Muy grande, muy poderoso. Tiene mucho equipamiento de primera.»
La frase resume con precisión quirúrgica cómo Trump entiende la política exterior: lealtad personal y utilidad estratégica, por encima de las sensibilidades de terceros.
Ahora bien, que Trump quiera vender no significa que pueda hacerlo hoy. El Departamento de Estado informó al Congreso que Ankara «aún no cumple» los requisitos legales para reincorporarse al programa F-35. Turquía fue expulsada de ese programa en 2020 tras adquirir el sistema de defensa antiaérea ruso S-400, lo que activó sanciones bajo la ley CAATSA. La carta del Departamento de Estado fue categórica: la política estadounidense «permanece sin cambios» y Turquía debe resolver el asunto del S-400 —dejando de poseer el sistema o el equipamiento asociado y garantizando que no lo volverá a adquirir— antes de que cualquier venta pueda materializarse.
Israel, por su parte, opera actualmente los F-35 y es el único país de Oriente Medio que lo hace. Mantener esa ventaja tecnológica ha sido un pilar de la doctrina de seguridad israelí.
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Lo que este episodio deja en claro es que Washington no subcontrata sus decisiones de política exterior, ni siquiera a sus aliados más cercanos. Eso, en principio, es exactamente como debe funcionar la soberanía de una gran potencia. El problema no es que Trump defienda los intereses de Estados Unidos; el problema es la métrica que usa para definirlos: la lealtad personal a su figura, no necesariamente el cálculo estratégico de largo plazo.
Mientras tanto, el aparato burocrático del Estado —en este caso el Departamento de Estado— actúa como freno real ante una decisión que todavía no tiene sustento legal. Que no te lo cuenten como una victoria diplomática turca: Ankara sigue sin cumplir los requisitos. El relato de que los F-35 ya están camino al Bósforo se cayó solo.



