Donald Trump afirmó este domingo 13 de septiembre que las elecciones democráticas en Venezuela se celebrarán «cuando estén listos», al responder a una periodista durante su visita a Irlanda.
El mandatario también sostuvo que la llegada de compañías petroleras estadounidenses está cambiando la situación en Venezuela. «Ahora el pueblo de Venezuela está muy feliz porque estaba viviendo una situación difícil. Y ahora las compañías petroleras están entrando. Se está haciendo mucho dinero. Venezuela está haciendo una tremenda cantidad de dinero. Nosotros también», dijo.
Trump agregó que las grandes empresas energéticas ya están entrando al país y perforando nuevos pozos. «Y cuando realmente empiecen a perforar, cuando eso realmente comience a suceder… ya está sucediendo, pero el pueblo de Venezuela está muy, muy feliz», afirmó.
La posición expresada este domingo sigue la línea que Trump había planteado a comienzos de septiembre, cuando dijo que Venezuela todavía no estaba preparada para fijar una fecha electoral. En esa ocasión sostuvo que Washington había sacado al país de una dictadura y que su administración mantenía una relación de cooperación con las nuevas autoridades del régimen.
La Casa Blanca sostiene, además, que el acuerdo petrolero permitirá avanzar hacia la estabilidad económica y que esa recuperación es una condición para que pueda producirse una transición democrática. Trump también comparó la situación de Venezuela con su estrategia frente a Irán y dijo: «En última instancia, salir. A menos que decidamos quedarnos y conservar el petróleo, como en Venezuela».
El dato político de fondo es claro: para Trump, Venezuela no aparece hoy como un caso de presión electoral pura, sino como una ecuación de poder, petróleo y caja. Esa es la lógica que domina cuando el Estado se convierte en administrador de concesiones, ingresos y relaciones de fuerza.
Y ahí está la doble vara que conviene mirar de frente. Se habla de democracia, pero el eje narrativo termina en «mucho dinero», perforación y estabilidad económica. Si la transición depende del petróleo, el ciudadano queda otra vez al final de la fila, mirando cómo la burocracia y los intereses energéticos reordenan el tablero.
Que no te lo cuenten. El relato se cae solo cuando el dinero entra en escena.



