Donald Trump metió a los grandes nombres del capital y la tecnología en la misma sala que Xi Jinping. No fue un detalle social. Fue una puesta en escena política.
Mientras Xi llegó a la cena de Estado con un grupo de apparatchiks, Trump llenó la East Room con directores ejecutivos estadounidenses. Entre los invitados estuvieron Elon Musk, Jeff Bezos, Michael Dell, Sundar Pichai y Sam Altman.
La imagen importa por lo que enseña sobre el poder real. En una China donde, según la pieza, es difícil imaginar a un ejecutivo que critique a Xi y conserve su vida o su puesto, Trump exhibió una escena opuesta. Musk, después de meses de choque público con el presidente, volvió a sentarse cerca de Trump y Xi. Altman, a quien Trump había atacado el día anterior por pedir una pausa en la IA y llamarlo parte de un «plan globalista», también estuvo allí.
La nota subraya que la pelea con China ya no gira solo en torno a manufactura o infraestructura. Ahora el centro está en la inteligencia artificial, los chips y los centros de datos. Esa es la nueva carrera estratégica. Y Trump quiso mandar una señal: Estados Unidos no piensa pelear esa guerra nacionalizando empresas ni encarcelando críticos.
También estuvo Jamie Dimon, de JPMorgan Chase, que pidió una regulación ligera para la IA para no sofocar la innovación. Dimon dijo durante el verano que nada es más importante para el país, y para el mundo libre y democrático, que Estados Unidos mantenga el ejército preeminente, sostenido directamente por la economía preeminente del mundo. Trump lo ha llamado «quizá el mejor banquero de este país en muchas, muchas décadas».
Esa es la parte que la casta burocrática no quiere admitir. La fuerza nacional no nace de discursos verdes ni de reglamentos infinitos. Nace de empresas capaces de innovar, invertir y financiar el futuro. Si Estados Unidos quiere ganar la pelea contra Pekín, necesita capital, no sermones.
El relato se cayó solo. Trump usó una cena de Estado para recordarle a Xi que la potencia estadounidense sigue descansando en la libre empresa. Y eso, para quienes creen en el mercado y en la competencia, vale más que cualquier gesto protocolario.


