Donald Trump se burló el lunes por la noche de activistas de «Gays for Palestine» durante un acto de campaña en Youngstown, Ohio.
«Vi eso hoy y dije, un momento. Gays for Palestine. ¿Saben lo que le hacen a la gente gay en esa parte del mundo?», dijo Trump ante la multitud. «Los tiran desde la parte superior de un edificio».
Luego agregó: «Enviémoslos algún día a negociar. Veamos. Nunca los volverán a ver».
Sus comentarios recordaron una escena de la película de The Daily Wire «Run Hide Fight: Infidels», en la que terroristas islámicos radicales secuestran un campamento pro-Palestina de una universidad liberal.
La pieza también señala que ISIS ha ejecutado a hombres acusados de homosexualidad arrojándolos desde edificios en Irak y Siria. Si sobrevivían a la caída, eran lapidados hasta morir.
Además, en Irán, la actividad homosexual está criminalizada bajo su código penal islámico, con castigos que incluyen azotes y, para ciertos delitos, ejecución, según Human Dignity Trust. La ley aplica tanto a hombres como a mujeres.
El texto agrega que viajeros LGBT también han enfrentado restricciones en otros lugares de la región. En julio, autoridades turcas bloquearon el atraque de un crucero LGBT en su puerto. El CEO de la nave, Rich Campbell, calificó la decisión de «sorprendente» y dijo: «Es muy preocupante para mí cuando un país decide que puede escoger qué turistas están permitidos y cuáles no».
Al mismo tiempo, Sa’ed Atshan, profesor de Swarthmore College y autor de «Queer Palestine and the Empire of Critique», reconoció en una entrevista con Them la homofobia dentro de la sociedad palestina, aunque sostuvo que no es exclusiva de los palestinos.
En Estados Unidos e Israel, dice el material, las personas LGBT están protegidas e incluso celebradas. Israel despenalizó formalmente la actividad sexual consensuada entre personas del mismo sexo en 1988 y tiene protecciones legales contra la discriminación por orientación sexual.
Que no te lo cuenten: la escena no es solo una provocación política. También expone la doble vara de una militancia que pretende vender causa moral mientras aplaude consignas incompatibles con la libertad individual más básica.
Otra vez la doble vara. Cuando el discurso progresista se cruza con realidades de orden, seguridad y derechos civiles, el relato se cae solo. Y conviene decirlo sin rodeos: no hay libertad posible si se normalizan regímenes o actores que castigan aquello que aquí dicen defender.



