Donald Trump se presentó ante unas 700 personas en la cena de corresponsales celebrada en el Waldorf Astoria, tres meses después de que un presunto intento de asesinato obligara a suspender el evento original de abril.
El tono fue más ligero de lo esperado, pero Trump no guardó ningún cartucho. Arrancó con la tesis que lleva repitiendo desde 2020: que ha ganado tres elecciones, afirmación que él mismo no ha podido probar judicialmente. El remate llegó con una gorra y una declaración de intenciones: «me complace anunciar mi intención de presentarme a un cuarto mandato como presidente de Estados Unidos», dijo entre bromas mientras se colocaba una gorra con el lema «Trump 2028».
Antes del chiste, el fondo era serio. Trump advirtió a los periodistas presentes que su modelo de negocio depende de él: «cuando me haya ido, van a quebrar. No habrá alguien sobre quien informar. A nadie le importa un comino nadie más». Difícil encontrar una crítica más estructural al periodismo de oposición dicha en su propia cara y con micrófono abierto.
La noche también tuvo su ironía involuntaria. Kaitlan Collins, de CNN, y Josh Dawsey, del Wall Street Journal, recibieron premios por su «valiente labor periodística» sobre la relación pasada de Trump con Jeffrey Epstein, cuya cobertura provocó la publicación de los llamados archivos Epstein. Trump respondió a esa cobertura con una demanda millonaria. Epstein, acusado de abuso y tráfico sexual, murió en prisión. El WSJ publicó un artículo sobre una carta dirigida a Epstein que llevaba la firma del presidente.
«No ha sido una noche fácil. Todos estos premios», dijo Trump al abrir su discurso. CNN defendió públicamente la integridad de sus periodistas.
El presidente también lanzó dardos contra el gobernador de California Gavin Newsom, la legisladora Ilhan Omar, Barack Obama y los periodistas Jake Tapper y Collins. Habló de limitar los mandatos en el Congreso, broma que, según la cobertura, no cayó bien en la sala. Y cerró recordando el intento de ataque de abril con una frase que sonó casi a doctrina: «en Estados Unidos zanjamos nuestras diferencias no con balas, sí con argumentos».
Que no te lo cuenten. La cena de corresponsales nació como un ritual de distensión entre poder y prensa. Anoche fue otra cosa: un presidente que llena salas, dicta el ritmo de la conversación y convierte cada ataque en titular propio. La prensa crítica se fue con sus premios; Trump, con el oxígeno de la sala. El relato sobre quién domina el espacio público estadounidense lo escribió él, en vivo, ante las mismas personas que llevan años intentando desmontarlo. Eso no es una broma de sobremesa. Es la fotografía exacta del momento político.



