El gobierno de Donald Trump anunció nuevos aranceles a Colombia. Entran en vigor este viernes 24 de julio de 2026. La tarifa será del 10% para países que adopten prohibiciones efectivas contra el trabajo forzado. Quienes no cumplan pagarán 12,5%. Colombia queda en ese segundo grupo.
La medida alcanza a unos 60 socios comerciales de Estados Unidos. La justificación oficial, según la Oficina del Representante Comercial, es que esos países no han actuado con suficiencia contra productos elaborados con trabajo forzado.
La reacción de la izquierda colombiana fue inmediata. Y predecible. La representante Laura Beltrán, conocida como Lalis, escribió en X que Abelardo de la Espriella había «rendido pleitesía» a Washington sin obtener nada a cambio. «Cuando se negocia desde la sumisión, el que pierde siempre es el país», afirmó según la fuente. También añadió: «Ay lo que vamos a extrañar un presidente con dignidad», en defensa explícita de Gustavo Petro.
El exembajador Camilo Romero comparó la situación con Argentina. Según él, tanto Milei como Abelardo «se arrodillaron» y de todas formas recibieron aranceles. El activista Levy Rincón habló de «arrastrarse» y «humillarse». Gabriel Becerra, del Pacto Histórico, denunció «silencio cómplice» del abelardismo. María José Pizarro dijo que «se comportan como borregos». María del Mar Pizarro remató: «Para esto sirve ser amigo de Trump: para nada».
El coro es afinado. Demasiado afinado.
Vicky Dávila respondió con datos. Según ella, los nuevos aranceles son «resultado de la mala gestión del Gobierno Petro». No del presidente electo. Del que todavía gobierna.
Aquí está el nudo del asunto. Colombia llega a esta negociación comercial después de seis años de un gobierno que peleó con Washington, desdeñó la inversión privada y abrazó cada causa que irritara al mundo libre. Ahora el Pacto Histórico descubre la soberanía nacional. Ahora les preocupa el trato preferencial. La doble vara no podría ser más obvia.
Abelardo de la Espriella apostó por reconstruir la relación con Estados Unidos. Eso es lo correcto. Las relaciones diplomáticas no se reparan en semanas. Heredó un vínculo deteriorado, no una hoja en blanco. Culparlo de los aranceles que se negociaron —o se dejaron deteriorar— durante el gobierno Petro es exactamente el tipo de relato que Contrafuego no va a dejar pasar sin nombre y apellido. Que no te lo cuenten.



