Donald Trump publicó en su red social Truth un mapa del norte de Sudamérica en el que Venezuela aparece cubierta con la bandera de Estados Unidos y el título «Estado 51». La imagen se volvió viral de inmediato.
No es la primera vez. En marzo, tras la victoria de la selección venezolana sobre Italia en el Clásico Mundial de Béisbol, Trump ya había invitado a sus seguidores a apoyar la «estatalidad número 51» de Venezuela. En mayo volvió a publicar la misma imagen, según la fuente, tras haberse cumplido cuatro meses de la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro. Ahora repite el gesto en un momento especialmente sensible: el día en que estaba previsto el inicio de una mesa de trabajo entre las dos asambleas venezolanas para la transición entre el gobierno y la oposición.
La presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, salió al paso. En una entrevista con la plataforma RAV Español aseguró que la intención «no es correcta» y subrayó que «nuestra historia habla de lo que son los procesos de independencia, más de dos siglos de independencia, de soberanía». Rodríguez añadió que «el pueblo venezolano siempre va a defender su independencia, la integridad territorial y en su conjunto a Venezuela». Sobre su relación con Trump, la mandataria interina la describió como «franca» y «respetuosa» desde el primer momento.
La fuente apunta que una eventual anexión iría más allá del estatus de Puerto Rico —territorio no incorporado y Estado Libre Asociado—, cuya relación con Washington ya es objeto de un intenso debate interno en Estados Unidos.
Que no te lo cuenten. Trump utiliza la imagen con una cadencia calculada: béisbol, aniversarios, mesas de negociación. Cada publicación es un recordatorio de que Washington observa de cerca el proceso venezolano y no descarta ningún escenario. El régimen chavista lleva décadas destruyendo la libre empresa, expulsando a millones de ciudadanos y hundiendo una de las economías más ricas del hemisferio. Si algo revela este intercambio de declaraciones es que la presión externa sigue siendo, por ahora, el único contrapeso real a una transición que el aparato estatal bolivariano intenta controlar desde adentro.
La doble vara es inevitable: los mismos que durante años aplaudieron la «soberanía bolivariana» para blindar a Maduro de cualquier escrutinio internacional hoy invocan esa misma soberanía para frenar la presión de Trump. El principio vale cuando conviene. Así funciona el relato.



