Que no te lo cuenten.
Leslie Francis, profesor de la Universidad de Warwick y ministro ordenado, lleva tres décadas publicando estudios en revistas especializadas como Mental Health and Religion & Culture. Su método: aplicar medidas de tipo psicológico a miles de pastores y feligreses y ver qué sale. Lo que salió no es menor.
Los asistentes a la iglesia no son una muestra aleatoria de la humanidad. Se inclinan con fuerza hacia un temperamento específico: el tipo SJ, es decir, personas ordenadas, cumplidoras, las que llegan temprano y traen el guiso. Entre los sacerdotes católicos estadounidenses, más de uno de cada cuatro es ISTJ. En la población masculina general, la proporción es de uno en seis.
Pero el hallazgo más concreto viene de un experimento natural que Francis encontró dentro de una misma denominación grande: dos tipos de servicio bajo el mismo techo. En los servicios centrados en el sermón —letra en pantalla, batería, pastor en camisa de franela— el 83% de los asistentes resultó ser del tipo Sensing: concreto, literal, práctico. En los servicios centrados en el ritual —órgano, himnario, liturgia que tu abuela reconocería— ese porcentaje bajó al 69%, y el espacio se llenó de tipos Intuitivos: personas que buscan el símbolo, el misterio, lo que está detrás de lo visible.
Misma denominación. Dos personalidades distintas, ordenadas por si la iglesia tiene órgano o máquina de humo.
Y antes de que alguien diga que es solo teología disfrazada: los investigadores lo controlaron. En un estudio de seguimiento con más de mil pastores, la brecha de personalidad se mantuvo incluso después de descontar el nivel de conservadurismo y el grado de carismatismo de cada uno. Su conclusión fue que el patrón refleja una preferencia por el estilo de culto, no por la doctrina.
El contexto lo pone en perspectiva. El 88% de las empresas del Fortune 500 ya usa Myers-Briggs con sus empleados. Alrededor de dos millones de personas toman el test cada año. McKinsey lo usa. Agencias federales lo usan. Las iglesias también: redes de plantación de iglesias incorporan tests de personalidad para seleccionar a sus pastores.
Y sin embargo, nadie se pelea por el Enneagram. Nadie abandona una congregación porque alguien sea ISTJ. Pero la denominación sí parte comunidades, genera ensayos de cuatro mil palabras contra hombres a quienes nunca se ha conocido, y enciende guerras que duran generaciones.
Desde aquí, el dato merece una lectura franca. La fe es doctrina, sí, pero también es forma, ritmo y comunidad. Que el temperamento psicológico organice a las personas dentro del cristianismo no invalida la teología; la sitúa. Lo que sí cuestiona es la ferocidad con que se condena al otro bando cuando, según los datos, parte de esa diferencia es simplemente cómo está cableado el cerebro del vecino. El libre examen de conciencia —principio que Occidente tardó siglos en consolidar— exige también cierta honestidad sobre los propios filtros. Incluyendo los que no elegimos.

