Que no te lo cuenten.
En Cambria, un pequeño pueblo costero de California, comprar votos no solo es legal: es el objetivo. La localidad ha revivido su Honorary Mayor's Race, una carrera de alcalde honorario que no había celebrado en casi 20 años, donde cada dólar donado equivale a un voto y no existe límite de compra.
El detalle que lo cambia todo: Cambria no tiene alcalde. Al ser una comunidad no incorporada, el cargo es puramente simbólico. Nadie cobra un sueldo público. Nadie administra presupuesto ajeno. Nadie regula nada.
«Es literalmente una elección que se puede comprar», reconoció Renee Linn, presidenta de la Cámara de Comercio de Cambria. Y la candidata Dianne «Lady Tie Di» Brooke lo resumió sin rodeos: «Un dólar, un voto. Es la única vez que es legítimo comprar a tu político».
Este año compiten cuatro candidatos: Brooke, de la PTA de la Escuela Primaria de Cambria; Barrett Stuart, del Club de Tenis de Cambria; Jim Bahringer, de la Legión Americana; y Del Clegg, del Club Rotario local. Las promesas de campaña van desde «mantener la niebla fuera de Cambria, especialmente en los atardeceres» hasta un «plan de cuatro puntos para la inmortalidad de los cambrianos», según declaró Stuart.
La campaña ya incluyó concursos de comer pay, baile improvisado con banda en vivo durante la celebración del 4 de julio y promesas que nadie espera que se cumplan, porque nadie tiene el poder de cumplirlas. «Fue algo alegre», dijo Stuart. «Lady Tie Di estaba bailando, mi hermana me sacó a mí, y al final convencimos a Jim de unirse. Fue un momento muy bonito».
El dinero recaudado se reparte entre la Cámara de Comercio y las organizaciones benéficas elegidas por cada candidato: excursiones escolares, canchas de tenis públicas, programas para veteranos y proyectos del Rotary. El ganador honorario será coronado en septiembre y ejercerá como alcalde «oficial pero no oficial» durante un año.
«Es ganar-ganar», resumió Stuart. «Recaudas dinero para tu organización, conoces gente y formas parte de algo que hace sonreír a la comunidad».
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Hay una ironía perfecta aquí que merece nombrarse: el único lugar donde comprar votos funciona bien es donde el cargo no tiene poder real sobre la vida de nadie. Sin regulaciones que imponer, sin impuestos que subir, sin contratos públicos que repartir, la política se vuelve lo que debería ser siempre: un servicio voluntario a la comunidad, financiado por quienes quieren participar, no por el bolsillo del contribuyente.
Cambria, sin quererlo, inventó el mejor argumento contra el Estado grande: cuando el gobierno no puede hacerte nada, la gente se ríe con él en lugar de temerle.



