Rob Van Winkle, conocido mundialmente como Vanilla Ice, confesó en el programa «Hang Out with Sean Hannity» de Fox News que dejó de ejercer su derecho al voto tras asistir a un curso de gestión del tiempo en Hawái.
«No voto», le dijo el rapero al presentador Sean Hannity. «Mi opinión no significa nada. Soy solo Vanilla Ice.»
Según el artista, el instructor del curso les planteó a los asistentes una pregunta incómoda: cuánto tiempo habían dedicado a lo largo de su vida a formarse una opinión política, a desplazarse al colegio electoral y a hacer fila. La respuesta del profesor fue contundente: «Acaban de desperdiciar nueve años de su vida». Luego preguntó si querrían recuperar ese tiempo.
«Todo el mundo levantó la mano», recordó Vanilla Ice. Cuando el instructor preguntó qué harían con ese tiempo recuperado, las respuestas fueron reveladoras: uno dijo que preferiría tomarse una piña colada en la playa; otros mencionaron que habrían pasado más tiempo con su familia o practicando equitación con sus hijos.
El cantante de «Ice Ice Baby», de 58 años, señaló que esa experiencia le recordó que el tiempo es un recurso escaso y que cada persona debe decidir cómo invertirlo.
La declaración llega en un momento de polémica para el artista. Vanilla Ice había sido criticado por su decisión de actuar en el concierto Freedom 250, que algunos calificaron de evento político. El rapero no se echó atrás y defendió su participación como un acto de amor por su país, aunque el evento fue finalmente cancelado por condiciones climáticas.
Vanilla Ice raramente habla en público sobre política, y su postura de no votar no se enmarca en ningún partido ni ideología declarada.
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Que no te lo cuenten. La anécdota de Vanilla Ice es extravagante, sí, pero toca un nervio real: el ciudadano que siente que el sistema político no lo escucha termina calculando si el esfuerzo vale la pena. El problema no es el curso de Hawái. El problema es cuando la clase política —con su burocracia, su ruido y su hipocresía— convierte la participación cívica en algo que parece un trámite sin retorno.
La libertad de no votar es tan legítima como la de votar. Pero cuando un hombre que vendió más de 680 millones de discos dice que su opinión «no vale nada», algo en el contrato entre ciudadanos y representantes lleva tiempo roto.



