Nueva York volvió a demostrar que la burocracia municipal tiene un talento especial para convertir un problema de ingeniería en una pesadilla económica para ciudadanos y empresas que no tienen nada que ver.
El miércoles, las autoridades de la ciudad levantaron la mayoría de los cierres de calles alrededor del antiguo edificio Pfizer en 235 E. 42nd St., después de que los equipos de trabajo estabilizaran la estructura con vigas en proceso de pandeo. Pero cuatro edificios aledaños y un restaurante en planta baja de un inmueble cercano permanecían bajo órdenes de desalojo al cierre de esta edición.
Tres turistas escocesas —Lucy McCarron, Collette Miller y Nicole Murrey— pudieron regresar al Hotel Westin recién el miércoles por la noche, un día después de enterarse de que el edificio cercano a Grand Central estaba siendo evacuado. El imprevisto les costó alojamiento alternativo por valor de unos $2.000, según declararon, y el Westin no se hizo cargo del gasto.
«Nos registramos el 7 de julio, dormimos una noche y al día siguiente tuvimos que recoger nuestras cosas», relató una frustrada Murrey. «Las dos habitaciones costaban unos $1.100. La noche que tuvimos que pagar el martes fue probablemente el precio de toda la semana de alojamiento».
El golpe no fue solo para los visitantes. La sandwichería Sandwicherie of New York, en East 42nd Street, se vio obligada a cerrar el martes y operó con horario reducido el miércoles. El jueves, la afluencia matutina que normalmente genera fila desde las 6 de la mañana se redujo a un goteo. «Ahora mismo debería haber una fila», dijo una empleada mirando el local casi vacío.
Una cuadra más allá, el cierre de East 43rd Street dejó los vehículos de una sucursal compartida de Budget y Avis atrapados en la calle clausurada, generando escasez de alquileres.
Las turistas escocesas, que tenían previsto viajar a Nashville el sábado, reconocieron que los neoyorquinos comunes respondieron bien. «Los conductores de autobús fueron amables y serviciales», dijo Miller, antes de lanzar la pulla directa al hotel: «Excepto ellos».
Que no te lo cuenten. Cuando el aparato estatal activa sus protocolos de emergencia, los costos no los absorbe la burocracia: los pagan los pequeños negocios que pierden su clientela del desayuno, los turistas que deben financiar de su bolsillo la improvisación ajena y los propietarios que esperan con la caja cerrada. La pregunta que nadie en la alcaldía se hace es quién responde por esos $2.000 y por las ventas que Sandwicherie no va a recuperar. La respuesta, como siempre, es nadie.



