Anson Frericks pasó 11 años en Anheuser-Busch. Llegó a presidente de ventas y distribución. Desde adentro vio cómo la empresa cambiaba a sus clientes por una ficha de calificación ESG.
La mayoría de los estadounidenses recuerda la fecha: 11 de febrero de 2023. Ese día, el influencer Dylan Mulvaney publicó un video bebiendo Bud Light en una bañera. Era una promoción pagada. Fue el principio del fin.
Pero Frericks ya lo había visto venir. En su libro Last Call for Bud Light — descrito como un bestseller — documenta que la campaña Mulvaney fue solo uno de muchos errores. Los ejecutivos, escribe, «habían perdido el contacto con la marca, con su misión, con sus consumidores». El resultado: Anheuser-Busch perdió 30.000 millones de dólares en valor de mercado.
Frericks no esperó al desastre. Salió de la empresa en 2022. Se asoció con Vivek Ramaswamy. Juntos fundaron Strive Asset Management. La visión declarada de la firma: «despolitizar la América corporativa y restaurar las voces de los ciudadanos comunes en la economía». Nada de agendas. Solo excelencia.
En el primer episodio del nuevo programa Titans On Tomorrow de The Daily Wire, Frericks habla con Ben Shapiro. Desglosan la caída de Bud Light. Analizan el poder desproporcionado de BlackRock, State Street y Vanguard sobre las corporaciones estadounidenses. Discuten si la neutralidad empresarial es suficiente o si hace falta ir más lejos. Y exploran por qué Frericks dejó las guerras culturales para fundar una empresa de inteligencia artificial enfocada en enfermedades mentales graves.
Ahí está la pregunta real. ¿Alcanza con que las empresas dejen de hacer política? Frericks apunta a algo más estructural. Las grandes gestoras de activos votan las juntas directivas. Imponen criterios ESG. Premian o castigan según alineación ideológica. No es conspiración: es el mecanismo ordinario del capitalismo de stakeholders.
Contrafuego lo dice sin rodeos. Bud Light no murió por un video viral. Murió porque sus ejecutivos eligieron el aplauso de Davos sobre la fidelidad de sus consumidores reales. Eso tiene nombre: burocracia ideológica disfrazada de responsabilidad corporativa. El mercado cobró la factura. Treinta mil millones de dólares es un número difícil de ignorar. La lección es simple: cuando una empresa le da la espalda a quien la sostiene, el mercado no perdona. Y no debería.



