La división real en Estados Unidos no sería, según esta columna, entre republicanos y demócratas, sino entre «empiricistas» y «parásitos». Del lado productivo coloca a emprendedores, obreros, ingenieros, científicos y empresarios; del otro, a Washington y a una clase política que vive de exprimir al resto.
El argumento arranca con una premisa difícil de discutir: la realidad manda. Un ingeniero no puede desafiar la gravedad sin que el puente se caiga. Un empresario no puede ignorar al consumidor sin que el negocio quiebre. Bajo esa lógica, la nota presenta a Estados Unidos como líder mundial en empirismo, con más premios Nobel que cualquier otra nación y dominio en tecnologías de frontera.
Pero el tono cambia al entrar en la capital federal. Ahí, la columna acusa a ambos partidos de endeudarse sin freno. Dice que la deuda ya superó el 100% del PIB y que el peso de los intereses ronda «casi 1 billón de dólares». También afirma que solo el dinamismo del sector privado mantiene en pie este esquema, mientras los rendimientos de los bonos suben y Washington sigue engordando.
La pieza va más allá del gasto. Señala que el Pentágono no ha aprobado una auditoría desde que empezaron en 2018 y que ni siquiera pueden explicar dónde va el dinero. También sostiene que senadores se enriquecen con el «servicio público», que asesores del Congreso terminan como cabilderos y que empresas envejecidas levantan barreras para protegerse de la competencia.
Ahí está la hipocresía central: la corrupción no siempre llega como un robo espectacular. A veces aparece como permiso demorado, subsidio a tecnologías viejas, exención fiscal preservada o regulación escrita por insiders. En otras palabras: una burocracia que castiga la innovación y premia la cercanía al poder.
La lectura incómoda es clara. Cuando el aparato estatal crece, también crece el espacio para el acomodo, la captura regulatoria y la transferencia silenciosa de recursos desde quienes producen hacia quienes conectan. No hace falta inventar conspiraciones cuando la propia estructura incentiva el saqueo legalizado.
Y mientras la política se entretiene con escándalos de alto perfil, el país que creó más prosperidad en 80 años que la mayor parte de los 25 siglos previos corre el riesgo de perder su ventaja por culpa de su propia casta. Que no te lo cuenten: cuando el Estado deja de servir al contribuyente y empieza a servirse de él, el relato se cae solo.


