Scott Wiener retiró un chatbot que utilizó para atacar a su rival Connie Chan en la carrera por el escaño congresional de Nancy Pelosi. Chan y Pelosi calificaron el material de «sexista» y «racista», argumentando que ponía palabras en boca de una mujer de color.
Hasta ahí, una anécdota de campaña sucia. El problema para Wiener es lo que viene después.
El mismo senador estatal votó a favor de AB 2839, la ley que prohibía los videos de «deepfake» de políticos antes y después de las elecciones. Esa norma fue posteriormente anulada por un tribunal federal por violar la Primera Enmienda. Wiener firmó la prohibición para otros y luego desplegó su propia versión del truco. Otra vez la doble vara.
El chatbot buscaba presentar a Chan como una política «NIMBY» —«not in my backyard»— que se opone a cualquier desarrollo habitacional. Wiener, por su parte, impulsa el proyecto de ley SB 79, que según sus críticos permitiría construir edificios de gran altura cerca de paradas de autobús y estaciones de tren. Ese es el tipo de vivienda que, según la fuente, los californianos no quieren, en especial en una ciudad como San Francisco donde el transporte público ya lucha por mantener sus niveles de pasajeros.
Pero el fiasco del chatbot no es el único tropiezo de Wiener en esta campaña. Antes, en las primarias, el senador —que ha sido blanco de protestas antisemitas durante años— cedió ante la presión de activistas radicales y calificó la reciente guerra en Gaza de «genocidio». La fuente señala que esa caracterización no es correcta. Wiener, cuya causa central ha sido siempre los derechos LGBTQ+, dio la espalda a Israel, el único país de Oriente Medio que, según la misma fuente, reconoce esos derechos. Lo hizo, según el análisis disponible, por miedo a perder votos de la izquierda que apoya a sus rivales.
El resultado: un político que construyó su marca acusando de intolerancia a figuras como Charlie Kirk enfrenta ahora acusaciones similares. La ironía no necesita adorno.
Lo que queda en pie es un retrato de oportunismo sin brújula. Wiener sacrificó su postura sobre Israel por cálculo electoral, desplegó contra una rival la misma herramienta que quiso prohibir por ley, y ahora recoge las consecuencias de ambas decisiones al mismo tiempo. San Francisco, ciudad que lleva años exportando al resto del país el modelo de gobierno progresista, tendrá en noviembre que elegir entre dos demócratas de línea dura. Que no te lo cuenten: cuando la burocracia identitaria se vuelve contra sus propios arquitectos, no es justicia poética, es la lógica inevitable del sistema que ellos mismos construyeron.


