Xi Jinping anunció en la Casa Blanca una invitación para «100.000 jóvenes estadounidenses» en China durante los próximos cinco años. La promesa duplica la que hizo en San Francisco en 2023, cuando habló de 50.000 jóvenes en cinco años.
Beijing aseguró que cumplió esa meta en mayo de 2026, dos años y medio antes, pero el propio texto describe esa cifra como engañosa: la mayoría participó en campamentos cortos, tours de idioma y viajes de amistad, no en estudio formal. En paralelo, el número de estudiantes chinos en universidades estadounidenses ronda los 266.000, mientras el de estadounidenses estudiando tiempo completo en China cayó de casi 15.000 en 2012 a 11.000 en 2019 y luego a menos de 2.000 en 2026, según el recuento citado.
El caso que expone mejor el problema es Xinjiang. En junio de 2024, Mary Evelyn Tucker y John Grim, académicos de Yale y co-directores del Yale Forum on Religion and Ecology, asistieron al International Forum on the History and Future of Xinjiang. Según la fuente, recorrieron una ruta prearmada que incluyó Id Kah Mosque, Kashgar Old City, las ruinas del templo Mo’er y la Kashgar Comprehensive Bonded Zone. La Comisión Nacional de Asuntos Étnicos de China anunció el itinerario el mismo día de apertura del foro.
Xinjiang ha sido objeto de amplio escrutinio por el trato del gobierno chino a los uigures y otras minorías musulmanas. La ONU y organizaciones de derechos humanos han documentado detenciones arbitrarias, restricciones a prácticas religiosas y culturales, adoctrinamiento político y otros abusos graves. En enero de 2021, el gobierno de Estados Unidos determinó formalmente que China cometió genocidio y crímenes de lesa humanidad contra uigures y otras minorías musulmanas en Xinjiang.
La evidencia de control también alcanza a la prensa. En la encuesta 2025 del Foreign Correspondents’ Club of China, 61% de quienes viajaron a Xinjiang enfrentó interferencia, restricción o acoso; a nivel nacional, 94% dijo que las condiciones de trabajo no cumplen estándares internacionales, y 77% afirmó que las fuentes rechazaron entrevistas porque no podían hablar con medios extranjeros.
Sobre Tucker y Grim, la fuente dice que no hay evidencia directa de que hayan sido pagados o instruidos por el partido, pero sostiene que la visita fue un tour de propaganda disfrazado de trabajo de campo independiente. En sus cuentas públicas, ambos elogiaron la preservación cultural de las minorías y la integración de Xinjiang a la civilización china, sin mencionar vigilancia, saturación policial ni la campaña de detención masiva.
El punto de fondo es simple: China no busca intercambio abierto, sino legitimidad. Y cuando universidades de prestigio entran en ese juego, terminan prestando su nombre a la burocracia propagandística de Pekín. Que no te lo cuenten: el relato se cae solo cuando se compara la vitrina oficial con la censura, el control y la doble vara sobre el acceso a la verdad.


