Zach Bryan se metió el viernes por la noche en la controversia de Macklemore al presentarse en Gillette Stadium con una camiseta que decía «Free Palestine». El concierto fue en un estadio propiedad de Robert Kraft.
La prenda también incluía la imagen de un pino y la frase «Appeal to Heaven», ambas referencias a una campaña de la Revolución Americana vinculada al mando de George Washington sobre el Ejército Continental.
No fue lo único en el escenario. El guitarrista Noah Le Gros apareció con una camiseta verde de fútbol palestino mientras tocaba en vivo.
Bryan, según la versión publicada, no comentó nada sobre la camiseta ni hizo declaraciones adicionales durante el show. Tiene otra presentación programada en Gillette Stadium el sábado por la noche como parte de su gira With Heaven On Tour, que termina el próximo fin de semana en Alabama.
La jugada llega apenas una semana después del cruce entre Ed Sheeran y Macklemore. Macklemore fue retirado por Messina Touring Group del resto de la gira The Loop de Sheeran, luego de los ataques antiisraelíes que lanzó sobre el escenario mientras actuaba como telonero.
Después, Macklemore culpó a Kraft, dueño de los New England Patriots y judío, por la cancelación. Afirmó que Kraft había movido a otros propietarios de estadios para bloquear su participación. «Ed me dijo que Kraft dijo que no se me permitiría actuar en su estadio», escribió Macklemore. «Ed también me dijo que Kraft había reunido a algunos de los otros dueños de estadios y que, en conjunto, le dieron un ultimátum».
Messina Touring Group confirmó que varios recintos habían dicho que «no permitirían que un concierto se realizara con Macklemore en la alineación». La empresa sostuvo que lo retiró tras «discusiones con las partes interesadas».
Macklemore luego atacó a Sheeran por no tomar partido y terminó lanzando un concierto benéfico de Free Palestine.
Bryan ya tenía historial de comentarios políticos. El año pasado recibió fuertes críticas cuando lanzó la canción anti-ICE «Bad News».
Que no te lo cuenten. Cuando la política invade cada tarima, el espectáculo deja de ser espectáculo y se convierte en mensaje ideológico con boleto pagado. Y cuando la controversia se monta sobre propiedades privadas, la factura reputacional también cae sobre quien pone el estadio, no sobre los activistas de turno.
El relato se cayó solo: unos usan el escenario para protestar, otros para ajustar cuentas, y al final el público queda atrapado en una guerra cultural que nada tiene que ver con la música y mucho con la necesidad de exhibirse a costa de terceros.


