La rivalidad más influyente de la historia de Estados Unidos no fue entre demócratas y republicanos modernos, sino entre dos hombres del gabinete de George Washington: Thomas Jefferson y Alexander Hamilton.
Jefferson, junto a James Madison, fundó el Partido Demócrata-Republicano. Representaban a los intereses agrícolas, se oponían a las barreras proteccionistas de las élites industriales del Norte y defendían los derechos de los estados frente al poder federal. Eran, según la fuente, «firmes críticos de la deuda soberana y de la existencia de un banco central».
Hamilton, en cambio, encabezó el Partido Federalista: intereses industriales y financieros del Norte, aranceles para proteger la manufactura, un gobierno federal con amplios poderes y la convicción de que había que financiar el gasto público con deuda soberana y un banco central con monopolio de emisión monetaria. El esqueleto del Estado fuerte que hoy conocemos.
Las diferencias no eran solo económicas. En plena guerra entre la Francia revolucionaria y las monarquías europeas, Jefferson y los suyos simpatizaban con París; Hamilton y los federalistas preferían Londres.
El choque tuvo consecuencias institucionales serias. Bajo la presidencia de John Adams —federalista, ganador de la elección de 1796 frente a Jefferson— el Congreso aprobó las Leyes de Extranjería y Sedición, una ley mordaza para perseguir a los diarios críticos del gobierno afines a Jefferson y Madison. La censura como herramienta de poder no es invento de este siglo.
El episodio más revelador llegó en 1800. Jefferson empató en el Colegio Electoral con su propio compañero de fórmula, Aaron Burr, con 73 votos cada uno, y la decisión pasó a la Cámara de Representantes. Hamilton despreciaba a Burr por considerarlo un hombre sin integridad moral. Aun siendo su enemigo político, instó a los congresistas federalistas a votar por Jefferson. Ganó el rival, no el aliado conveniente.
Cuatro años después, Burr mató a Hamilton en un duelo. Jefferson, reelegido ese mismo 1804, nunca desmanteló las instituciones ni las políticas que Hamilton había construido, según recoge la fuente.
Con Hamilton muerto, el Partido Federalista se apagó y los demócrata-republicanos gobernaron sin oposición real durante más de dos décadas.
El fondo del asunto sigue intacto: deuda pública, banco central, tamaño del gobierno federal frente a los estados. Cada ciclo político estadounidense recicla, con otros nombres, la misma discusión que estos dos fundadores dejaron sin cerrar.
Y hay algo más incómodo para la polarización actual: Hamilton, pudiendo bloquear a su rival ideológico, eligió el bien de la república por encima del rencor personal. Que no te lo cuenten como un gesto menor: hoy sería noticia solo por ser excepcional.



