Los locales que construyeron la reputación mundial de Nashville como capital de la música country enfrentan una amenaza que no viene del mercado, sino del fisco.
Según reportes citados por el sitio Daily Wire, la factura anual de impuestos a la propiedad de Acme Feed & Seed pasó de aproximadamente $129.000 en 2024 a casi $600.000 en 2025. La de Honky Tonk Central subió de unos $81.000 a $348.000 en el mismo período. Kid Rock's Honky Tonk vio su factura escalar de aproximadamente $209.000 a $765.000.
Layla Vartanian, propietaria de Layla's Honky Tonk, afirmó que sus impuestos se multiplicaron por 3,5. Advirtió que sin una reforma «this whole block would be wiped out» («todo este bloque sería arrasado»).
Consultado sobre si la ciudad intervendría ante la posible cierre de Acme Feed & Seed por el alza de impuestos, el alcalde Freddie O'Connell respondió: «It's not up to me whether he keeps that business open» («No depende de mí si él mantiene ese negocio abierto»). Agregó: «The market evolves. New businesses start even as beloved old businesses close» («El mercado evoluciona. Nacen nuevos negocios incluso cuando cierran los viejos queridos»).
Kyle Davis, asesor del departamento de Coaliciones de la Heritage Foundation, escribió en Daily Wire que se reunió con propietarios de honky tonks, empresarios y responsables de políticas públicas en el restaurante Detroit Cowboy para escuchar de primera mano sus preocupaciones. Según relató, el mensaje fue unánime: el alza de impuestos representa una amenaza inmediata para los negocios que forjaron la identidad de Nashville.
Davis citó la advertencia del juez John Marshall en el caso McCulloch v. Maryland: el poder de tasar implica el poder de destruir.
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Que no te lo cuenten como un simple ajuste de avalúos: es la vieja historia de siempre. Un negocio triunfa, atrae gente, sube el valor del suelo, y el aparato estatal llega después a cobrarle la factura por su propio éxito. El fisco no crea valor: lo extrae de quienes sí lo crearon.
La respuesta del alcalde O'Connell —que el mercado «evoluciona»— es la hipocresía de siempre: cuando el Estado decide cuánto cobrar, no hay mercado libre que valga. Hay una burocracia fijando el precio de sobrevivir. Los honky tonks familiares, que no operan con márgenes de cadena hotelera, no pueden absorber en un año subas de 300% o más en su carga fiscal. El resultado previsible no es «evolución»: son vitrinas vacías donde antes había música en vivo.
Si el letrero de neón de Lower Broadway se apaga, no habrá sido el mercado. Habrá sido la decisión política de tratar la cultura popular como un activo inmobiliario más, hasta que deje de ser rentable existir.


