Más de 2 mil jinetes participaron en la Cabalgata de la Unidad en Ciudad Victoria. El gobernador Américo Villarreal Anaya encabezó el recorrido. La convocatoria vino de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.
El contingente cruzó las principales vialidades de la capital tamaulipeca. Ahí estuvieron los alcaldes de los 43 municipios del estado. También senadores, diputados federales y locales, y todo el gabinete estatal.
Se sumaron representantes de sectores productivos, familias tamaulipecas y asociaciones de charros. El evento cerró las asambleas realizadas previamente en los 43 municipios de Tamaulipas.
En su mensaje en el Polyforum, Villarreal pidió «privilegiar la unidad». Habló de «gobiernos humanistas» y de la «grandeza» de Tamaulipas y México.
Citó a Sheinbaum como «la gran presidenta de México». Repitió el simbolismo de la bandera: verde por soberanía, blanco por libertad, rojo por independencia. Todo, dijo, para «seguir trabajando en unidad».
El gobernador agradeció a cabalgantes, alcaldes, legisladores y charros. También a quienes llegaron de otros estados para el acto.
La Universidad Autónoma de Tamaulipas colaboró en la organización. Es una institución pública. Durante el recorrido, Villarreal inauguró la prolongación del bulevar José López Portillo. La jornada cerró con una convivencia en el Polyforum «Dr. Rodolfo Torre Cantú».
El discurso oficial habló de «defensa de la soberanía» y «continuidad de la transformación». No hubo mención a resultados concretos de seguridad o economía en el estado.
Que no te lo cuenten como folclor espontáneo. Aquí no cabalgó solo un pueblo agradecido: cabalgó el aparato completo de un gobierno estatal, con alcaldes, legisladores y una universidad pública puestos al servicio de una consigna. Eso no es unidad ciudadana. Es movilización institucional disfrazada de tradición.
Cuando el gobernador convoca a «privilegiar la unidad» y cita a la presidenta como «la gran presidenta», el mensaje no es cultural, es partidario. Y cuando ese mensaje se organiza con recursos de gobierno y estructura pública, la línea entre Estado y movimiento político se borra un poco más. La transformación que se promete termina pareciendo, otra vez, gobierno y partido confundidos en un solo relato.



