El Instituto Trimbos, especializado en adicciones y salud mental, lanzó una «Alerta Roja». El motivo: pastillas de éxtasis con la cabeza de Donald Trump estampada.
Las pastillas circulan en centros neerlandeses que analizan drogas antes del consumo. Hay dos versiones: una con el rostro verde, otra con el amarillo. En el reverso llevan las siglas «NL» y la palabra «Trump».
El instituto advirtió que contienen alta concentración de PMMA. Es una sustancia similar al MDMA, pero de acción más lenta. Eso lleva a los usuarios a creer que la primera dosis no funcionó. Entonces toman más. El riesgo de sobredosis sube. El instituto advirtió también sobre «calor excesivo con consecuencias posiblemente mortales».
Suena a emergencia sanitaria. Pero la portavoz Anniek Groothuis fue clara con The Associated Press: no hay reportes de enfermedad grave ni muertes. «No tenemos conocimiento de ninguna víctima en la que se haya encontrado PMMA en la sangre», dijo.
Es decir: alerta roja, cero cadáveres. Que no te lo cuenten como catástrofe cuando la propia burocracia sanitaria admite que no tiene un solo caso confirmado.
Hay otro dato que la nota no puede esconder. Producir, vender y consumir éxtasis es ilegal en los Países Bajos. Y sin embargo su uso está muy extendido, sobre todo en clubes y festivales. Un informe gubernamental de 2024 calculó que 550 mil personas consumieron la droga en un año.
Ahí está la verdadera historia, no en la cara de Trump. Décadas de prohibición y el mercado sigue tan vivo que hasta le pone rostro presidencial a la mercancía. Tampoco es la primera vez: en 2017 la policía alemana ya incautó miles de tabletas naranjas con la misma cabeza.
El relato del pánico moral funciona mejor con un villano famoso en el empaque. Pero el problema de fondo no es Trump ni su cara verde o amarilla. Es que la prohibición, otra vez, no prohíbe nada. Solo le da a la burocracia un titular para alarmar sin evidencia y a los usuarios una pastilla más peligrosa que la anterior, porque nadie regula lo que ya es ilegal comprar.
Mientras el Estado neerlandés emite comunicados urgentes, el mercado negro sigue operando sin pedirle permiso a ningún instituto. La doble vara de siempre: se prohíbe en el papel, se tolera en el club, y cuando algo sale mal, la respuesta oficial llega con retraso y sin resultados.



