Nepal enfrenta una de sus peores tragedias recientes. La crecida del río Bhotekoshi, en el distrito montañoso de Rasuwa, cerca de la frontera con el Tíbet, dejó hasta ahora 359 fallecidos y cerca de 1.400 desaparecidos, según cifras oficiales.
Los equipos de emergencia han rescatado con vida a 445 personas. Al menos 63 permanecen bajo atención médica en hospitales de Katmandú. El desastre destruyó 19 puentes y unos 40 km de carreteras.
Aquí viene la parte que no debería sorprender a nadie que siga las primeras versiones oficiales de cualquier catástrofe: el ministro de Asuntos Exteriores de Nepal informó, en primera instancia, que había ocurrido «un terremoto» en la frontera. Ese fue el diagnóstico inicial, repetido como explicación del alud.
El relato se cayó solo. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) analizó estaciones sísmicas cercanas, ondas sísmicas de período largo e imágenes satelitales, y llegó a una conclusión distinta: no hubo terremoto. Lo que se registró fue un colapso glaciar y un flujo de escombros, un evento sísmico de magnitud 5,2 generado por el desprendimiento masivo de material rocoso y de hielo, no un movimiento tectónico.
Es un matiz técnico, pero no es menor. Confundir un colapso glaciar con un sismo cambia por completo el diagnóstico de riesgo para la región y las medidas de prevención que deberían tomarse en zonas similares del Himalaya.
En medio del rastreo de causas, el profesor Simon Cook, de la Universidad de Dundee, planteó a la BBC que «el cambio climático podría tener un impacto», argumentando que el permafrost que sostiene parcialmente algunas laderas se está calentando y degradando, lo que —dijo— produciría más deslizamientos.
Es una hipótesis atribuible a un académico, no un hallazgo del USGS. El organismo científico fue preciso: confirmó qué fue el evento (un colapso glaciar, no un terremoto), pero no estableció una causa climática certificada del desprendimiento. Que no te lo cuenten mezclado: una cosa es el dato duro del USGS y otra la lectura de un profesor sobre tendencias de largo plazo.
La tragedia es real y el número de víctimas es devastador. Pero la manera en que se informó primero —«terremoto»— y cómo se reinterpretó después con datos satelitales es un recordatorio de algo que se repite en cada catástrofe: el primer relato oficial rara vez sobrevive al escrutinio técnico. La ciencia, cuando se hace con datos y no con titulares apurados, termina corrigiendo a la política.



